CAPÍTULO 4: AMORES POR ACCIDENTE

CAPÍTULO 4: AMORES POR ACCIDENTE

Mientras tanto, en Santiago de Chile, Mariángela empacaba su maleta para el viaje que estaba por realizar, mientras su hermano Christian hojeaba una revista...

—¡Oye, Christian! —dijo Mariángela molesta—. ¡Ya, pues, ayúdame con la maleta!

—¡Todavía no nos vamos! ¡Falta mucho para que viajemos allá!

—¡Pero no hay que dejarlo todo para el último momento!

—Oye, hermana, ¿tú crees que valga la pena todo este viaje? Figúrate que no conocemos ese país y, por lo que leí en las noticias... ¡ya me estoy muriendo de miedo!

—¡Bah! ¡Las noticias exageran! ¡Yo creo que no hay nada que temer! Ya, pues, ¿me vas a ayudar o no?

—Está bien —dijo él, levantándose con pereza.

Antes de que pudiera hacer algo, sonó el timbre de la puerta principal. Christian fue a abrir y sus ojos brillaron de la sorpresa.

—¿Fátima? ¡Cómo estás, pues!

—¡Qué tal, Christian! ¡Estoy muy bien! ¡Aquí vengo a hacerles una visita de despedida!

—Todavía no nos vamos.

En ese momento apareció Mariángela.

—¿Quién es...? —dijo mirando a la recién llegada—. ¡Hola, Fátima! ¿Y ese milagro?

—Hola, Mariángela, ¿qué tal? Vine a hacerles una visita.

—Bien. Me disculparás el desorden, pero nos estamos preparando para el viaje —dijo Mariángela.

—No te preocupes —respondió Fátima—. Más bien quería pedirte si Christian puede ir a pasear conmigo...

—¡Claro que sí! —intervino Christian.

—¡Christian! —exclamó Mariángela—. ¡Quedamos en que me ibas a ayudar con las maletas!

—Más tarde, hermanita —dijo Christian—. No podemos desatender a las visitas... ¿o sí?

Le dio un beso en la frente a Mariángela, quien se cruzó de brazos con rabia. Christian se perfumó, se peinó y salió a pasear con Fátima.

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—Oye, Christian, ¿a dónde vamos?

—¿Qué te parece si vamos al Alto Las Condes? —respondió Christian.

—¡Tú con tus gustos de cuico! Bueno, vamos allá...

Mientras caminaban hacia la parada del autobús, pasaron frente a un establecimiento que ofrecía mote con huesillo. 

(Se escucha "Te amo tanto" – Javiera y los Imposibles)

—¡Christian! ¿Me invitas a un mote con huesillo?

—¡Está bien, está bien! —dijo él resignado.

Christian pidió el refresco, lo pagó y se lo entregó con cortesía a Fátima.

—Christian, ¿no quieres un poco?

—No, gracias.

—Aprovecha, Christian, que a donde vas no sirven mote con huesillo... Mmm... A propósito, ¿cuándo se van de viaje?

—En dos semanas... —dijo desanimado.

—¿Y por cuánto tiempo se van?

—Por un mes... ¡Uf! Mucho tiempo...

—¡Cuánto tiempo! Pero espero que me escribas seguido...

—Claro que sí, flaca —dijo él mientras la abrazaba y le daba un beso en la boca.

—Oye, cuidado con las mujeres de allá, ¿no? —sentenció Fátima—. ¡Me han dicho que las muchachas en ese país son terribles!

—No habrá mujer en el mundo que se pueda igualar a ti —respondió él, volviendo a besarla.

—Gracias —dijo Fátima—. De verdad, ¿no quieres probar un poco?

—Mmm... Está bien.

Fátima, con una cuchara, le dio a probar un trozo de durazno a Christian. Ambos sonrieron mirándose fijamente a los ojos, sin sospechar que, en el país de destino, Christian terminaría encontrándose cara a cara con su destino...

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Mientras tanto, en Bogotá, Colombia, Gisela terminaba de pasar su primera noche en la ciudad. En ese instante, se abrió la puerta del cuarto y apareció Karina sirviendo el desayuno en una bandeja.

—¡Buenos días! —dijo Karina sonriente—. ¿Cómo está nuestra ilustre visita? Aquí te traigo el desayuno...

—Gracias —respondió Gisela—, pero no te hubieras molestado.

—¡No es ninguna molestia! Ven, levántate, que te hice un desayuno especial: chocolatico caliente —bueno para el frío—, huevos pericos y una arepa de queso que preparó mi tía Etelvina.

Gisela miró con suspicacia el plato servido: el chocolate humeante, los huevos revueltos con tomate y cebolla, y la arepa tradicional colombiana.

—Bueno, pues gracias —dijo Gisela—. Se ve apetitoso...

Gisela, con timidez, probó un poco de los huevos.

—Esto es para que te des una idea de la comida colombiana... Y dime, ¿qué tal todo en tu país?

—Bien... bien... Bien difíciles que están las cosas por allá.

—Yo no conozco Perú —dijo Karina—, pero me gustaría ir, sobre todo después de haber visto tantos programas por la famosa Perubólica.

—¿La Perubólica?

—¡Así le decíamos a la antena parabólica! Pero bueno, ya no la tenemos porque la desconectaron... Qué lástima, me gustaba mucho ver los programas peruanos. Recuerdo haber visto una telenovela llamada Torbellino y me fascinaba la música y las disparatadas situaciones de sus personajes.

—Sí, yo también veía esa telenovela... —comentó en tono complaciente mientras comía un bocado.

—¡Oye! —dijo Karina sonriente—. ¡No te has tomado el chocolate! ¿No te gusta?

—La verdad es que no... pero ya que insistes...

Gisela tomó un sorbo, pero al sentir la alta temperatura, retiró rápidamente la taza.

—¡Puaj! ¡Está caliente!

—Discúlpanos —dijo Karina retirando la bandeja—. No te preocupes, lo voy a dejar ahí hasta que se enfríe... Dime, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Gisela. Y tú eres Karina, ¿no es así?

—Así es. Pero dime, Gisela, ¿tú conoces al señor Facundo Altamirano?

—¡Claro que sí! Te veo muy entusiasmada con ese señor... Te cuento que es el jefe de mi vecina.

—¡Ah, sí! —respondió con tono suspicaz—. ¿Y dónde está tu vecina?

—Está trabajando. Pero ¿por qué tanto interés en ese señor?

Gisela hizo una pausa, reflexionó unos segundos y decidió ocultar que se trataba de su padre.

—Nada —mintió Gisela—. Solo quería saber si me podría dar trabajo...

—Bueno, ojalá tengas suerte —deseó Karina.

Gisela, en silencio, comenzó a idear cómo utilizar a la inocente Karina dentro de sus planes...

(CONTINUARÁ...)

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