CAPITULO 12: AMORES POR ACCIDENTE


CAPITULO 12: AMORES POR ACCIDENTE

Al día siguiente, Christian dormía en el sofá cama, todavía pensando en aquella «peruanita» que lo había dejado fascinado en la discoteca. En ese momento, tocaron a la puerta y Marita le gritó desde adentro que se dirigiera a abrir.

Christian, aún somnoliento, avanzó hacia la entrada y miró por la ventanilla. Para su sorpresa, se encontró con Karina, su vecina, vistiendo una camiseta escotada y pantaloncillos cortos, haciendo una pose coqueta.

—¡Puchas! —exclamó Christian, pensando en voz alta—. ¡Es Karina, no debe verme vestido así!

Karina continuó tocando a la puerta mientras Christian corría afanado a buscar algo de ropa. Se vistió rápidamente y regresó a abrir.

—¡Espérate, poh! —exclamó Christian—. ¡Que me estoy vistiendo!

—¡No me molesta! —respondió Karina desde el otro lado, haciendo un gesto pícaro y coqueto.

Christian finalmente abrió la puerta.

—Hola, Karina —dijo apenado—. ¿Cómo estái, poh?

—Hola, Christian —respondió Karina en tono coqueto—. Quería pasar un rato a verte antes de irme a trabajar... además de traerte unas arepitas de queso que preparó mi tía Etelvina.

—Bien, gracias —respondió el joven, recibiendo las arepas envueltas en papel. Ambos se miraron fijamente a los ojos.

En ese instante apareció Marita, sorprendiéndose al ver a la vecina.

—¿Karina? ¿Qué haces aquí tan temprano? —dijo Marita—. ¿No tenías que irte a trabajar?

—Pasaba a entregarles unas arepitas con queso. —respondió Karina—, y a ver a Christian y a su hermana.


—Bueno —dijo Marita—, gracias por la visita. Mariángela se está bañando en este momento, pero pasa...

—No, gracias, tengo que irme —respondió Karina—. Más bien quería pedirle a Christian si me puede acompañar hasta el paradero.

—¿Yo? —dijo Christian—. Pero...

—Christian está dichosísimo de acompañarte... —intervino Marita, empujando suavemente al muchacho.

Christian se arregló un poco la ropa y cedió ante la propuesta.

Poco después, Christian caminaba rumbo al paradero del bus, tomado de la mano con Karina.

—¿Has viajado alguna vez en metro? —preguntó Karina.

—Sí, claro, algunas veces...

—A mí me encantaría viajar en metro.

—Si vas a Santiago, te voy a llevar en metro —le prometió él.

+++

En ese momento se cruzó con ellos Caty, la amiga de Karina.

—¡Qui'hubo, Karina! ¿Vas a trabajar?

—Qui'hubo, Caty. Así es, y Christian me vino a acompañar hasta el paradero a tomar la buseta.

—Qui'hubo, Christian —dijo Caty, mirándolo de arriba abajo.

—Ho... hola... —respondió Christian tímido—. Ayer te me escapaste en la discoteca, ¿no?

—Disculpa, me perdí buscando el baño... —respondió Caty, acercándose con picardía—. Y tú, ¿no has dejado algún corazón roto en tu país? Porque yo estoy dispuesta a velar todas las noches por ti...

—Ejem —intervino Karina rápidamente—. Pues lamento decirte que Christian y yo somos novios... ¿Verdad, amorcito? —dijo tomándolo del brazo.


—Sí... sí, claro... —dijo Christian—. Karina y yo somos novios, poh.

—Bueno, disculpen —dijo Caty desanimada—. Allá viene mi bus... ¿Te vas a subir, Karina?

—No, gracias, Caty. Yo esperaré el próximo... Nos estamos hablando.

—¡Chao! —dijo Caty subiéndose a la buseta, dejando a la pareja a solas.

—Perdóname, Christian... —dijo Karina apenada.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Por haberle dicho a mi amiga que tú y yo somos novios... Es que no soporto ver cómo te coquetea. Pero yo sé que vivo en un amor imposible, tú debes tener un compromiso allá en tu país...

—La verdad, no tengo ningún compromiso... Y sí, estoy dispuesto a que seas mi polola en serio... ¿Queréi ser mi polola?

—Perdón, ¿qué es una polola? —preguntó Karina confundida.

—Bueno, quería decirte si queréi ser mi novia, poh... ¡Para mí sería todo un honor!

—¡Claro que acepto! —exclamó Karina llena de alegría.

Ambos se abrazaron y se dieron un beso en la boca. En ese instante se aproximó el transporte.

—¡Oh, mi buseta! ¡Ya viene! ¡Hazla parar, mi amor! —el bus se detuvo y Karina se dispuso a abordar—. Gracias, mi amor, pero ¿por qué no me acompañas?

—Hum... otro día será, además no le dije nada a Mariángela.

—Bueno, entonces nos vemos más tarde.

Se dieron un dulce beso de despedida. El chofer apuró a la joven y ella subió a la buseta. Christian se quedó observándola dichoso mientras el vehículo se alejaba.

+++

Apenas el bus se retiró, Christian caminó de regreso a la casa. Al llegar se encontró en la puerta con Marita y su hermana Mariángela.

—¿Ya se fue Karina? —preguntó Marita.

—Así es —respondió Christian—. Estaba muy contenta. ¿Y ustedes a dónde van?

—Me voy con Marita a su trabajo, hermanito —respondió Mariángela—. Si no es mucha molestia para ti...

—Claro que no, eres mi hermana mayor y sabes lo que haces, pero ten cuidado con tanto loco que hay por ahí... ¿Se van en bus?

—Tomaremos un taxi —indicó Marita.

En ese instante, Mariángela le hizo la parada a un taxi. El conductor no era otro que Ricardo, el tío de Karina.

—Qui'hubo, Ricardo —dijo Marita—. ¡Qué milagro que pasas por acá!

—Apenas empezaba mi ruta —respondió Ricardo.

—Quiero presentarte a mi amiga chilena —dijo Marita—. Se llama Mariángela. Mariángela, él es Ricardo, mi vecino y el tío de Karina.

Ricardo se quedó fascinado al ver a Mariángela, como si hubiese recibido una descarga de electricidad en el corazón.


—Tú conoces a mi hermano Christian —dijo Mariángela—. Es el muchacho que fue con ustedes a la discoteca... Te felicito por tu sobrina, es una chica muy linda e inteligente.

—Gracias —respondió Ricardo complacido—. ¿A dónde las llevo?

—Vamos a mi trabajo —indicó Marita.

Subieron al vehículo rumbo a la fábrica. En el trayecto, Ricardo, impresionado por la presencia de Mariángela, aprovechó para dar un breve recorrido guiado por las calles de Bogotá.

(Tema de recorrido urbano: "Sin miedo a caer" – Anasol)

Tras la ruta, Mariángela sacó dinero para pagar la carrera, pero Marita se lo impidió.

—Por favor, Mariángela, deja que yo pague.

—No, Marita, me siento incómoda...

—Señoritas —intervino Ricardo el taxista—, no se molesten, no les cobraré nada... —y mirando fijamente a Mariángela, añadió—: Más bien es un placer llevar a tan ilustre visita.

—Gracias —respondió Mariángela sonriente.

Ambas bajaron del auto agradeciéndole el gesto.

—Muy simpático tu amigo el taxista, ¿no? —comentó Mariángela.

—Así es, pero cuidado con él —le advirtió Marita—, porque parece que le gustaste, y cuando él pone los ojos en una mujer, no hay quien lo detenga.

—Me cae bien —dijo Mariángela—, pero solo lo vería como un buen amigo.

+++

Ingresaron a la fábrica, donde Marita le presentó a parte del personal y le ofreció un recorrido por las instalaciones antes de dirigirse a su oficina.

—¿Esta es tu oficina? —preguntó Mariángela maravillada—. Me parece muy cómoda.

—Gracias, Mariángela. ¿Quieres un tintico, es decir, un café? ¿O quizás prefieres una aromática, un té de hierbas?

—Te acepto la aromática... —respondió.

Marita llamó a la encargada del aseo para encargar la bebida. En ese momento, un grito retumbó en el pasillo:

—¡¡¡¡Marita!!!!

Era Facundo Altamirano, quien muy molesto llamaba a su secretaria al despacho.

—Me llama mi jefe, discúlpame, Mariángela...

—Sí, ve, que se nota que está muy bravo...

Marita, asustada, caminó hacia el despacho principal. Mariángela se quedó observando los detalles del lugar.

Nerviosa, Marita ingresó a la oficina de su superior.

—Marita, por favor cierre la puerta... gracias —ordenó Facundo.

Ella obedeció.

—Por favor —dijo Facundo—, ¿me quiere explicar qué es esto? Yo no autoricé ningún aumento de sueldo para el señor Pérez.

—Es que...

—¡Es que nada! —exclamó Facundo—. ¡Ustedes no pueden pasar por encima de mi autoridad! ¿Qué se han creído? ¡Víboras!

—Le juro que yo no tengo nada que ver en esto...

—¡Yo te di plena autorización y confianza para estar atenta a todo lo que suceda en esta fábrica!

—Pero yo no sabía.

—¡No sabías nada! ¡Entonces a qué diablos vienes aquí! ¿A mirar las moscas que pasan? ¡Ya no puedo confiar en ti, Marita, me has defraudado!

De repente se escuchó un estrepitoso... ¡¡¡¡CRASH!!!!

Facundo y Marita salieron de inmediato a investigar. En el pasillo encontraron a Mariángela asustada, junto a un florero de cristal roto en mil pedazos sobre el piso.


—¡Ups! —dijo Mariángela apenada—. ¡Disculpen, escuché gritos y...! Pero le juro que fue solo un accidente. ¡Un accidente!

Facundo se quedó mirando fijamente a los ojos de Mariángela, y ella sostuvo la mirada. Instantes después, él reaccionó ante los destrozos.

—¡No puede ser! —exclamó Facundo—. ¡Este florero me costó carísimo!

—Disculpe, señor —dijo Mariángela—, pero puedo tratar de pagárselo o arreglarlo...

—¿Quién es usted? —preguntó Facundo extrañado.

—Es mi amiga chilena, señor —intervino Marita—. La persona de la que le hablé, la que se está hospedando en mi casa...

—Mucho gusto —dijo Mariángela extendiendo la mano—. Mariángela García, a sus órdenes.

Facundo, disimulando su fascinación, le estrechó la mano.

—¿Su... su amiga, Marita? —preguntó Facundo.

—Así es, jefecito.

—Bueno —dijo Mariángela—, fue un gusto conocerlo, señor Altamirano, aunque claro, hubiera sido mejor en otras circunstancias...

—No se preocupe, como usted dijo, fue solo un accidente... Y por favor, dime Facundo.

—Si gusta, puedo pagar el valor del florero... —ofreció Mariángela.

—Más bien hay una forma en que usted puede compensarme por el florero —dijo Facundo.

—¿Cuál?

—Que me acepte una invitación a cenar...

Mariángela se quedó estupefacta.

—Perdón... ¿Usted pretende que yo le acepte una invitación a cenar? No quisiera ser una molestia...

—Ninguna. Entonces, ¿qué dice?

—Bueno... está bien... si tanto insiste... —accedió Mariángela.

—¡Perfecto! —exclamó Facundo—. Le avisaré a Hamilton, mi chofer, para que la recoja. ¿Está hospedada en casa de Marita, verdad?

—Sí, claro.

—Entonces no se diga más —dijo Facundo—. Nos vemos esta noche...

—¿Esta noche? —exclamó Mariángela sorprendida.

—Así es, no me gusta esperar hasta mañana. ¡Es una orden!

Marita no podía ocultar su enojo ante la repentina invitación de su jefe, mientras Mariángela continuaba confundida.

Al regresar a la oficina, Marita descargó su molestia:

—No puedo creer que el jefe te haya invitado a cenar... Él nunca es así con nadie, a menos que le interese alguien de verdad. ¡Y no puedo creer que hayas aceptado!

—No lo sé... pero hay algo en él que me atrae... Me parece un hombre muy interesante.

—Cuidado, Mariángela —le advirtió Marita—. El jefe es un hombre de cuidado... Le gusta jugar con los sentimientos de la gente.

—No te preocupes —respondió Mariángela con determinación—. Yo me sabré cuidar.

(Tema de cierre romántico: "If I Fell" – Rita Lee)

CONTINUARÁ...

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