CAPÍTULO 2: AMORES POR ACCIDENTE
La vida para Facundo era muy agitada. Primero, tenía que lidiar con la lentitud de los empleados de su fábrica y, luego, con los malhumorados cobradores que llamaban desde Estados Unidos y no lo dejaban tranquilo...
—¡Señor Altamirano! —exclamó Marita, su secretaria—. ¡Llamada urgente!
—¿Quién llama, Marita? —respondió Facundo.
—Es el señor George desde Detroit. Está como una fiera porque le debemos una factura de más de dos meses...
—¡¿Cómo?! —exclamó Facundo enojado, tirando los papeles que llevaba en la mano—. ¡¿Cuántas veces le he dicho que no se atrasen con las facturas?! ¡Marita, dile a Mr. George que inmediatamente le mandaremos su cheque!
—Es que... —dijo asustada—, ¡es en inglés!
—¡Pásame ese teléfono! —exclamó molesto. Marita, con miedo, le entregó el auricular—. ¿Aló? Sí, hi, George... Don’t worry, we are going to send your money immediately. Yes... yes... bye.
Facundo colgó el teléfono.
—¡Cómo es posible que ustedes no puedan hacer un mugroso cheque, partida de inútiles! ¡Ya, vayan, muévanse! ¡Muévanse!
—Sí, señor Altamirano... —respondió Marita con la cabeza gacha, buscando la chequera.
—Marita, no estoy para nadie, voy a mi oficina...
Facundo se dirigió a su despacho y cerró la puerta.
+++
Una mujer rubia y exuberante ingresó al área de secretaría.
—Buenos días... —dijo la mujer—. Busco al señor Facundo Altamirano.
—El señor está ocupado en este momento. ¿Quién lo busca? —respondió Marita.
—Soy la señorita Carolina Estévez. ¿Se va a demorar el señor?
—Bueno... ejem... yo creo que sí...
—No importa, lo esperaré.
Carolina tomó asiento mientras Marita le ofrecía una taza de café. Luego, la secretaria gestionó con el encargado de Contabilidad la posibilidad de realizar una transferencia bancaria para pagar la cuenta al enfurecido proveedor. En ese momento, Facundo salió de su oficina.
—¿Señor Altamirano?
Facundo, mirándola fascinado, le estrechó la mano con caballerosidad.
—Sí, soy yo. ¿Y usted es...?
—Me llamo Carolina Estévez, de Futich Ltda.
—Oh, sí, la estaba esperando, pero no me imaginé a una mujer tan hermosa...
—Gracias —respondió ella ante el halago.
—Pero pasemos a mi oficina, allá podemos conversar mejor.
Con cortesía, Facundo le abrió la puerta para que Carolina ingresara primero. Luego llamó a su secretaria por el intercomunicador para pedirle unas tazas de café. Carolina se acomodó en una silla y Facundo tomó asiento frente a ella.
—Dígame, señorita Estévez, ¿en qué puedo servirle? —preguntó fascinado al verla.
—Por favor, señor Altamirano, dígame Carolina —respondió coqueta.
—Está bien, Carolina, pero por favor llámame Facundo... ¿Qué te trae por aquí?
—Bueno, no sé si usted sabe, pero mi padre, don Francisco Estévez, me dejó a cargo de su empresa y quisiera proponerle una alianza para que su prestigiosa compañía pueda...
—Por supuesto que sí...
Facundo continuó conversando animadamente con Carolina.
+++
Mientras tanto, afuera, Marita traía las tazas de café con los ojos llorosos cuando se encontró con Hamilton, el chofer, quien la miró preocupado.
—Pero ¿qué le pasa, Marita? ¿Volvió a gritar el jefe?
—Sí, Hamilton, se puso como una fiera... ¡snif!
—¿Y qué fue esta vez?
—Un cobro atrasado de un proveedor de Estados Unidos...
—Pero, Marita, ¡cómo no se va a poner así el jefe si él quiere mantener la reputación de su empresa! Vamos, no llore más, que a esos lindos ojitos les hace daño.
Hamilton le entregó un pañuelo para que se secase las lágrimas.
—Gracias, Hamilton, usted siempre tan amable conmigo...
—Por nada, Marita —respondió él, mirándola con ternura.
En ese momento salieron Facundo y Carolina de la oficina para dirigirse hacia ellos.
—Marita... —dijo Facundo.
—Señor Altamirano —respondió ella—, aquí le traigo las tazas de café.
—Gracias, Marita —dijo recibiendo el servicio—. Más bien tienes que disculparme por lo de hace un rato, tú sabes, es la presión del trabajo...
—No se preocupe, jefecito.
—Bueno —continuó Facundo—. Hamilton, Marita... quiero presentarles a Carolina Estévez, de Futich Ltda. Voy a mostrarle la fábrica.
Hamilton y Marita saludaron a Carolina respetuosamente. Poco después, la pareja se retiró a hacer el recorrido.
—¿Viste a la muchacha que estaba con el jefe? —preguntó Hamilton.
—Sí, la vi —respondió Marita—. Me pareció muy distinguida.
—¡Es bellísima! ¡Uf! ¡Qué suerte tiene el jefe! —exclamó Hamilton—. ¡Tiene un cuerpazo espectacular!
—¡Bah! Se nota que se ha inyectado silicona —dijo Marita—. ¡Es más plástica y fingida!
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Mientras tanto, Facundo le mostraba las instalaciones y los operarios a Carolina, quien lo observaba con atención.
—Tu fábrica es muy grande, Facundo. No debe ser fácil dirigirla tú solo...
—Así es, Carolina, pero la conseguí con mucho esfuerzo...
—¿Cómo así? ¿Cómo te hiciste cargo de la fábrica?
—Bueno... como te conté, llegué desde Bolivia contratado por los anteriores dueños. Después de trabajar más de diez años con ellos, decidieron vendérmela.
—¿Y por qué la vendieron? ¿No querían seguir haciendo negocios en este país?
—Tenían temor por la situación general del país y me la ofrecieron por una bagatela...
—Se siente bien tener un negocio propio, ¿no?
—¡Claro! Es muy satisfactorio ser tu propio jefe, pero lo cambiaría todo si pudiera tener una familia e hijos a quienes dejarles esto...
—¿Por qué nunca te has casado?
—No lo sé... Nunca he podido conocer al amor de mi vida. Pero por favor, no hablemos de mí. ¿Qué te parece si te invito a comer? Así conversamos mejor.
—Acepto encantada —respondió ella con entusiasmo.
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Mientras tanto, una muchacha salió del aeropuerto cargando únicamente su mochila. Se subió a un taxi para dirigirse al centro de la ciudad. La joven venía con un solo objetivo: encontrar a Facundo Altamirano.
(CONTINUARÁ...)



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