CAPÍTULO 3: AMORES POR ACCIDENTE
La muchacha subió al taxi y el conductor la miró por el retrovisor.
(Se escucha "A Dios le pido" – Juanes.)
—¿A dónde se dirige usted, señorita?
—Busco a Facundo Altamirano. ¿Lo conoce? —respondió ella.
—La verdad es que no. ¿Tiene alguna dirección o teléfono donde ubicarlo?
—No... y necesito encontrarlo urgente.
—Voy a ver qué puedo hacer —dijo el chofer.
En ese momento, el taxista habló por su radiocomunicador para preguntar por el paradero de Facundo Altamirano. Tras obtener la información, emprendió la marcha hacia el lugar especificado.
—Usted no es de aquí, ¿verdad? —preguntó el conductor.
—Así es, acabo de llegar.
—Esta ciudad es algo complicada, pero muy acogedora. ¿De dónde viene?
—De Lima, Perú.
—¿Y vienes desde Perú solo para encontrarte con Facundo Altamirano? ¿Algún motivo personal?
—Nada que le interese —respondió ella en tono esquivo.
—Disculpe la molestia.
+++
El taxi continuó su ruta y, de pronto, se detuvo en un vecindario. La joven comenzó a impacientarse.
—Pero... ¿qué hacemos aquí? ¿Aquí vive Facundo Altamirano?
—No. Aquí vive alguien que podría ayudarte —contestó el conductor.
El hombre tocó la bocina y de inmediato salió una joven de la casa. Era Karina, quien se acercó al vehículo sonriendo.
—¡Tío! —exclamó Karina—. ¡Qué milagro! ¿Cómo estás?
—Hola, Karina —respondió el taxista—. A ver si nos puedes ayudar. Esta muchacha busca a un tal Facundo Altamirano...
—¿Facundo Altamirano dijiste? —interrumpió Karina—. Pues es el jefe de Marita, la vecina.
—¿Y sabes dónde vive ese señor?
—Sé dónde trabaja —aseguró Karina—. Voy adentro a buscar la dirección y el número de teléfono.
Karina ingresó a su vivienda y, minutos después, regresó para entregarle un papel con los datos al taxista. El hombre le agradeció el favor y arrancó rumbo a la empresa de Facundo.
—¿No me va a salir muy caro esto? —preguntó la muchacha, ponerse nerviosa.
—Descuida —respondió el taxista entre risas—. Te haré un descuento especial.
+++
Finalmente, tras recorrer varios sectores, llegaron a su destino. La joven descendió del vehículo y se acercó a la entrada para tocar la puerta. Una recepcionista abrió la ventanilla desde el interior.
—¿Aquí trabaja el señor Facundo Altamirano? —preguntó la muchacha.
—¿Quién lo busca? —inquirió la recepcionista.
—¡Soy su hija!
—¿Perdón? —dijo la empleada, atónita—. ¿Es una broma?
—¡No es ninguna broma! —exclamó la joven con firmeza—. ¡Soy su hija! ¡Exijo que me dejen entrar!
—¡Regrese por donde vino, oportunista! —respondió la recepcionista antes de cerrar la ventanilla de un golpe.
La muchacha insistió golpeando la puerta, pero nadie le hizo caso; al contrario, la amenazaron con llamar a la policía. El taxista, al ver la escena, se compadeció y corrió a intervenir.
—¡Muchacha! ¿Qué pasó? —preguntó.
—¡Tengo que entrar ahí! —gritó ella conteniendo el llanto—. ¡Tengo derecho, soy su hija!
—Vámonos, es mejor retirarnos —dijo el conductor sujetándola del brazo.
—¡Suélteme! —respondió ella zafándose—. ¡Tengo que ver a Facundo Altamirano!
El taxista la sujetó con firmeza y le explicó que no ganaba nada insistiendo así. Con paciencia, logró subirla de nuevo al automóvil. La muchacha terminó por ceder y se resignó. El conductor encendió el motor y se alejó del sitio.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
—Te llevaré a casa de mi sobrina.
—¡Usted me está reteniendo contra mi voluntad!
—Sí, lo sé —admitió el conductor—. Pero es mi deber no dejar desamparada a una joven que no conoce esta ciudad tan insegura. No te preocupes, no te voy a cobrar nada.
La muchacha se cruzó de brazos en silencio mientras el taxi avanzaba.
+++
Llegaron nuevamente al vecindario. El taxista volvió a tocar la bocina y Karina salió a recibirlo.
—¡Tío! ¿Otra vez por acá?
—Vengo a traerte a esta muchacha. Viene de muy lejos y necesita alojamiento.
Karina miró a la joven con ternura.
—Hola —dijo amablemente—. Yo soy Karina. ¿Tú cómo te llamas?
La muchacha respiró hondo y, con resignación, respondió:
—Me llamo... Gisela.
—Mucho gusto, Gisela —dijo Karina—. Espero que seamos buenas amigas. Pasa, no tengas miedo...
Gisela bajó temblorosa del taxi mientras el conductor sacaba las maletas del maletero para llevarlas al interior de la vivienda. Confundida y nerviosa, Gisela intentó dar media vuelta para marcharse, pero el taxista la detuvo con suavidad.
—Vamos, Gisela, no tengas miedo —insistió Karina con una voz dulce que le inspiró confianza.
Gisela finalmente cedió e ingresó a la casa.
+++
Entre tanto, en la fábrica, la recepcionista conversaba con Marita, la secretaria de Facundo.
—¡Vino una muchacha diciendo que era la hija del jefe! —comentó la recepcionista—. ¿Puedes creer semejante disparate? ¡Si el jefe ni siquiera tiene hijos!
—¡En fin! —suspiró Marita—. ¡Definitivamente hay gente que no tiene nada mejor que hacer que molestar!
—¿Sabes dónde está el jefe ahora?
—Debe de estar en su despacho con la señorita Carolina Estévez, hablando de negocios...
—¿Solo negocios? —inquirió la recepcionista con ironía—. El jefe siempre cede ante los encantos de una bonita mujer... Ya quisiera yo que se fijara en mí.
—Yo creo que el jefe nunca se ha enamorado de verdad —opinó Marita—. Todavía anda buscando a la mujer que llene su vida...
—Y cree encontrarla en todas las que ve, ¿no? —bromeó la recepcionista.
—Hablando en serio, el jefe está muy solo por dentro —reflexionó Marita—. Necesita buena compañía.
Mientras tanto, en Santiago de Chile, Mariángela y su hermano dejaban todo listo para emprender su viaje...
(CONTINUARÁ...)



Comentarios
Publicar un comentario