CAPITULO 7: AMORES POR ACCIDENTE
Marita llegó a casa de su vecina para conocer a Gisela, la huésped. Aunque se sorprendió un poco al verla, no le dio mayor importancia y se dispuso a compartir un momento con ellos.
—Mucho gusto, Gisela —saludó Marita—. Bienvenida a Colombia.
—Gracias... —respondió Gisela con cierto compromiso.
—Marita es la secretaria de Facundo Altamirano —intervino Karina.
En ese instante, los ojos de Gisela brillaron de emoción al escuchar aquel nombre.
—¿Conoces a Facundo Altamirano? ¡Qué emoción! —exclamó.
—¡Vaya! —comentó Marita—. ¡Te noto muy entusiasmada con ese señor! Pues te digo que es uno de los solteros más codiciados de la ciudad...
—Gisela dice que Facundo es su padre... —soltó Karina.
—Perdón —aclaró Gisela rápidamente—. Yo veo a Facundo como si fuera mi padre... Aunque no lo conozco, reconozco que siento una gran admiración por él.
—Oh, claro —asintió Marita—. Facundo es una persona muy admirable.
Gisela observaba a Marita con actitud suspicaz. Karina, cambiando de tema, preguntó:
—Marita, ¿qué sabes de tu amiga chilena, la que viene a visitarte?
—Bien, gracias —contestó Marita—. Ya me compartió los datos de su vuelo.
—¡Qué bien! —exclamó Karina—. ¡Me muero de ganas por conocerlos!
—¿De quiénes están hablando? —intervino Gisela.
—De una amiga chilena de Marita —explicó Karina—. Viene con su hermano por unos meses...
—¿De verdad? —se metió la tía Etelvina—. ¿Y por qué no me habían dicho nada?
—Disculpe, tía Etelvina —dijo Marita—, pero recién me confirmaron su llegada.
—¿Y dónde se van a hospedar? —preguntó la tía Etelvina.
—En mi casa, por supuesto —respondió Marita.
—¿En ese lugar tan chiquitico? ¿Seguro que van a caber allí? ¡Si ahí no cabe ni un alfiler! —exclamó la tía Etelvina—. Pues aquí hay mucho espacio...
—No, doña Etelvina, además veo que ya tienen una huésped.
—¡Ninguna molestia! —insistió doña Etelvina—. ¡Aquí hay espacio de sobra! ¿Cuántos años tiene el joven que viene con tu amiga? Él puede dormir en el cuarto de mi hijo Ricardo, mientras Ricardo se acomoda con mi sobrino Marcos, el papá de Karina. Y tu amiga puede dormir en la habitación donde está hospedada la muchacha peruana...
—No, doña Etelvina —dijo Marita—. La verdad sería mucha incomodidad. Además, ya le tengo el cuarto listo a Mariángela...
—¿Mariángela? —preguntó Karina.
—Así es, Karina —dijo Marita—. Así se llama mi amiga... —en ese momento, miró su reloj—. ¡Ups! ¡Qué tarde se ha hecho! Disculpen, debo retirarme.
Marita se despidió y salió con su hijo. Ricardo, el tío de Karina, decidió acompañarla unos pasos.
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Ya en la calle, conversaron tranquilamente:
—Gracias por querer acompañarme, Ricardo, pero es aquí cerca... —dijo Marita.
—De ninguna manera, Marita —respondió Ricardo—. Esta hora es peligrosa para una mujer sola... y con un niño.
—Dígame, Ricardo, ¿usted nunca se ha enamorado de alguien?
—Así como me ve, claro que sí. Me enamoré profundamente de una mujer...
—Y ¿qué pasó?, si se puede saber...
—Terminamos hace tiempo... me dejó por otro... Pero, por favor, no hablemos de eso. Mejor hablemos de usted. ¿Así que le llega visita? ¿Cómo es posible que le haya contado a Karina y no a nosotros?
—Le dije a Karina, pero parece que olvidó mencionarlo...
—¡Esa Karina no cambia! ¡Algún día va a ocurrir una tragedia por lo distraída que es!
—Déjela así, todavía es muy joven... Ya aprenderá.
—Está bien, Marita. Pero ¿ha pensado en cómo irá al aeropuerto a recoger a su amiga? Yo podría ofrecerme para ir por ellos...
—Claro, Ricardo, faltaba más...
—¿Cuándo vienen?
—El 27, en el vuelo de las tres de la tarde...
—Perfecto... Entonces quedamos así. No se preocupe, que se los traeré sanos y salvos a su casa.
—Gracias, Ricardo, usted siempre tan amable —dijo Marita, sonriente.
—De nada, Marita —respondió Ricardo fascinado—. Haría cualquier cosa por usted.
La miró fijamente a los ojos en un silencio complice. Marita se despidió e ingresó a su vivienda.
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Mientras tanto, en Santiago de Chile, Mariángela sostenía una plática con su hermano Christian.
—¿Cómo te fue con Fátima? —preguntó Mariángela.
—Muy bien, hermanita —contestó Christian—. ¡La Fátima está loquita por mí!
—Cuidado, Christian. No es bueno jugar con los sentimientos de las muchachas...
—¿Y qué quieres que haga? La Fátima es una galla buena onda, pero no es mi tipo...
—Entonces deberías ser sincero con ella. Es peligroso hacerse ilusiones en vano, y más Fátima, que se está enganchando...
—¡Ya, hermanita! ¡No seas exagerada! ¡Nada malo va a pasar!
—No sabes lo que se siente que jueguen así con uno... La sinceridad es fundamental.
—Bueno, allá tú. Yo voy a saludar al Pato...
Christian tomó sus cosas y salió de la casa, mientras Mariángela prefería no seguir discutiendo.
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De vuelta en Bogotá, tras despedir la visita, Karina y Gisela platicaban en la habitación:
—Oye, Gisela —dijo Karina.
—Dime, Karina...
—¿Por qué no le dijiste a Marita lo mismo que me dijiste a mí?
—¿Qué cosa?
—...Que el señor Facundo Altamirano era tu padre. ¿No quedamos en que es tu papá?
—Sí, claro que es mi padre. Pero no hay necesidad de andárselo diciendo a todo el mundo. Además, si tú no me creíste al principio, menos me va a creer ella.
—Y... ¿cómo estás tan segura de que don Facundo es tu papá?
—Mi madre me lo dijo antes de morir. Si no fuera cierto, no me habría arriesgado a venir hasta acá. Por eso necesito tu ayuda para acercarme a él.
—Podrías explicárselo a Marita... Ella es una buena persona y seguro entenderá tu situación.
—¿Tú crees que me crea?
—Si le hablas con la verdad, estoy segura de que sí.
—Gracias, Karina.
—De nada. Bueno, creo que ya es hora de dormir...
—¿A esta hora? Yo la verdad tengo ganas de salir... ¿Hay buenas discotecas por aquí cerca?
—Hay una, pero no nos dejan ir solas. La calle de noche es peligrosa...
—Pues tengo muchas ganas de salir un rato.
—Le voy a decir a mi tío Ricardo a ver si nos acompaña... Vamos.
Karina y Gisela fueron a la sala a convencer a Ricardo:
—¡Tío! ¡Tío! —dijo Karina consintiéndolo—. ¿Nos acompañas a una discoteca con Gisela? ¡Es que ella quiere conocer!
—Claro que sí, pero hay que pedirle permiso a tu papá. Anda, Karinita.
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Karina corrió al cuarto de su padre, don Marcos, quien descansaba leyendo un libro en la cama.
—¡Papi! ¡Papi! —exclamó Karina.
—¿Qué sucede, hijita mía? —respondió Marcos.
—Papito, ¿me dejas ir a una discoteca con Gisela?
—¿A una discoteca? —preguntó Marcos—. ¿Y con quién van?
—Con el tío Ricardo... ¡Vamos, papito, no va a pasar nada! ¿Qué dices?
—Hummm... Está bien, hijita. Si vas con mi primo Ricardo, puedes ir. ¡Ah, pero tienen que regresar antes de la medianoche!
—¡Gracias, papito! —exclamó Karina abrazándolo.
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Los tres se dirigieron al lugar, donde Ricardo se mantuvo atento cuidándolas toda la velada. Mientras escuchaban música, comenzó a sonar una melodía tropical muy sentimental.
(Tema de ambientación: "Entrégame tu amor" – Los Inquietos del Vallenato)
—Sí, claro —respondió Gisela—. Me gusta mucho Carlos Vives...
—¡Bah! —exclamó Ricardo—. ¡Usted no ha escuchado vallenato del de verdad! ¿Quiere bailar?
—Ehhh —dijo Gisela dudosa—, no sé cómo se baila esto...
—No se preocupe —dijo Ricardo tomándola de la mano—. Solo siga mis pasos...
Ricardo sacó a bailar a Gisela mientras Karina los observaba animada. De pronto, un muchacho se le acercó a Karina para hablarle, pero Ricardo regresó de inmediato y le pidió al desconocido que se retirara.
—¡Tío! ¿Por qué lo echas así? —reclamó Karina—. ¡Si solo me estaba charlando un ratico!
—¡No quiero verte hablando con ningún extraño, Karina! —sentenció Ricardo—. ¡La calle está llena de peligros! ¡Y ahora nos regresamos a casa! ¡Vamos!
Ricardo se llevó a su sobrina mientras Gisela los seguía de cerca.
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Al día siguiente, en las oficinas de la empresa, Facundo se reincorporó a sus labores y saludó a su secretaria:
—Buenos días, Marita, ¿alguna novedad?
—Ninguna, jefecito. ¿Cómo está la señorita Carolina Estévez?
—Bien, gracias. Después de almorzar fuimos un rato al club a hacer algo de gimnasia y a hablar de negocios.
—Me alegra saber que la pasó bien con ella. ¿Ya están negociando algo?
—Puede ser... Tiene buenas ideas.
—A propósito, Marita, ¿qué sabes de tu amiga chilena? ¿Cuándo viene?
—Llega el 27 a las tres de la tarde.
—¿Y ya pensaste cómo vas a recogerla?
—Sí, un amigo taxista me va a hacer el favor.
—¡De ninguna manera! —exclamó Facundo—. ¡Yo voy a mandar a Hamilton!
—No, jefecito, es mucha molestia...
—Ninguna. No confío en esos taxistas sinvergüenzas, así que por favor me dejas los datos del vuelo para organizarme con Hamilton.
—Está bien, don Facundo... Gracias.
En ese instante sonó el teléfono. Era Carolina Estévez, y Facundo ingresó a su despacho para atender la llamada. Mientras tanto, la recepcionista se acercó a Marita:
—Oye —murmuró la recepcionista—, el jefe está muy interesado en esa tal señorita Estévez, ¿no?
—Así parece —respondió Marita—. Espero que todo salga bien entre ellos... El jefe necesita ser feliz.
—¡Vaya! ¡Cualquiera pensaría que te gusta el jefe!
—El jefe es un hombre atractivo, pero no creo que se fije en mí... Bueno, sigamos trabajando.
+++
De pronto, Gisela entró apresuradamente a la oficina, seguida de cerca por Karina.
—¡Necesito ver a Facundo Altamirano! —exclamó Gisela.
—¿Usted otra vez aquí? —dijo la recepcionista—. No sé cómo logró entrar, pero tiene que retirarse.
En ese momento, Facundo salió de su despacho. Gisela se caminó decidida hacia él. Al mirarla, Facundo experimentó una extraña sensación, como si el pasado regresara de golpe.





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