CAPITULO 8: AMORES POR ACCIDENTE


CAPITULO 8: AMORES POR ACCIDENTE

Facundo se quedó paralizado luego de que Gisela le declarara que es su hija...

—Sí, papá... —dijo Gisela—. Soy tu hija...

—¡No! —exclamó Facundo—. ¡No puede ser! ¡Esto debe tratarse de una broma! ¿No? ¡Yo no tengo hijos!

—Sé que es difícil aceptarlo, a mí también me costó aceptar que mi padre estaba vivo... Pero mi madre, al morir, me confesó todo...

—¿Tu madre? ¿Quién es tu madre?

—Rosa Hernández. Ella estudió contigo en la Universidad. Tengo aquí su foto...

Gisela sacó de su cartera la foto de su madre y se la entregó a un paralizado Facundo, quien no lo podía creer. Era la misma mujer con la que tuvo una relación hace más de 17 años. Pero Facundo trataba de ponerse reacio ante la explicación de Gisela.

—Dime, muchacha... —dijo Facundo.

—Dime... papá... —respondió Gisela.

—En primer lugar, no me diga «papá» que yo no tengo hijos y, en segundo lugar, ¿cuánto dinero le han ofrecido para que usted hiciera este teatro?

—¡No, papá! ¡Es la verdad! ¡A mí nadie me pagó nada!

—Mejor vámonos, Gisela —intervino Karina, sosteniéndole la mano.

—¡De aquí no nos vamos! —exclamó Gisela, soltándose fuertemente—. ¡Hasta que este señor se convenza de que soy su hija!


—Señorita —dijo Facundo—, hágale caso a su amiga mejor, o si no va a tocar sacarla por las malas... ¡Soy un hombre muy ocupado y no puedo estar perdiendo el tiempo con tonterías!

En ese momento vino Marita, que antes de que llegaran Gisela y Karina había salido a recoger unos papeles en Contabilidad. Se sorprendió al ver primero a Gisela y luego a Karina...

—¿Karina? Pe... pero, ¿qué estás haciendo aquí? —dijo Marita.

En ese momento, Facundo notó que Marita conocía a Karina y a Gisela, y pensó lo peor.

—¿Tú conoces a esta señorita, Marita? —preguntó Facundo.

—¡Claro! —intervino Gisela—. ¡Si es su vecina!

Facundo comenzó a sentirse herido en su amor propio.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Facundo, herido—. ¡Tú, Marita! ¡Cómo pudiste hacerme esto!

—No sé de qué está hablando, jefecito... —dijo Marita.

—¡No te hagas! —exclamó Facundo—. ¡Sé muy bien que te pusiste de acuerdo con tu vecina para contratar a esta farsante y hacerse pasar como mi hija!

—¡Nadie me contrató! —intervino Gisela—. ¡Yo vine por mis propios medios!

—¡Cállese, farsante! —exclamó Facundo—. ¡Que no estoy hablando con usted! ¡Y, por favor, retírese de este lugar!

Karina le pidió al oído a Gisela que se retiraran, pero Gisela se rehusó.

—¡Pues no me iré! —exclamó Gisela—. ¡Tú tienes que saber que yo SÍ soy tu hija! ¡Y si necesito hacerme la prueba de paternidad, entonces con gusto me la haré porque no tengo nada que temer!

—¡Fuera de acá! —exclamó Facundo—. ¡Llamen a seguridad para que se lleven a esta farsante de aquí!

Karina sujetó a la fuerza a Gisela y logró retirarla del lugar. Mientras tanto, Facundo encaró a Marita.

—¡Tú y yo no hemos terminado, Marita! —exclamó Facundo, señalándola con el dedo—. ¡Ahora mismo me vas a tener que dar una explicación!

—Pero no sé qué pudo haber pasado, yo recién conozco a esta señorita... quién iba a pensar que decía ser su hija...

—¡No te creo nada, carajo! ¡Debería echarte como a un perro, pero no lo voy a hacer! ¡Eso sí, ni loco voy a recoger a tus amiguitos!

—Por favor, jefe, no se ofusque, recuerde su presión...

—¡A poco le importa lo que siento! ¡Es más, me largo de este mugroso lugar! ¡Llama inmediatamente a Hamilton para que aliste el auto! ¡Es una orden!

+++

Facundo ingresó a su oficina, recogió sus cosas y de inmediato llegó Hamilton para recogerlo. Facundo se subió al auto, Hamilton lo encendió y se retiraron de la empresa. Mientras tanto, Marita se puso muy triste.

Por su parte, fuera de la oficina, Karina habló con Gisela:

—¡Me engañaste, Gisela! —dijo Karina—. ¡Qué oso más grande me has hecho pasar! ¡Qué vergüenza!

—¡Él tenía que saber que soy su hija!

—¡Pero quedamos en que íbamos a hablar con Marita y ahora mira lo que ocasionaste...! ¡Que don Facundo se ensañe con Marita...!

—Bueno... eso es problema de ella... no mío.

—¡Pues yo conozco a Marita mucho más que tú y te puedo decir que es una persona incapaz de jugarle sucio al jefe!

—¿Y eso qué? ¡A poco ella está enamorada del jefe!

—¡Cuida tus palabras, Gisela, que tú no conoces a nadie y nosotros somos gente decente!

—Pues —dijo Gisela, mascando chicle—, yo no tengo la culpa de que tu tío me haya llevado a tu pocilga. Y tú, ¿qué? ¿Cuándo te consigues un trabajo?

¡¡¡¡¡PPPPUUUUUUUAAAAAAFFFFFFFFF!!!!!


Karina le dio una tremenda bofetada a Gisela, dejándole la marca en la cara.

—¡Oye! —exclamó Gisela, haciéndose la ofendida y empujándola—. ¡Qué te pasa, ah! ¡Te quieres hacer la muy machita, ¿no?!

—¡Eres una malagradecida! —exclamó Karina—. ¡Vienes sola, de un país extraño, se te acoge y encima te comportas de esta manera! ¡Pierdo mi tiempo contigo, así que me voy! ¡Tú arréglatelas como puedas, que a la casa no vuelves a pisar!

Karina se retiró ofendida a esperar el bus, dejando a Gisela sola y desorientada... Gisela se le acercó e intentó pedirle disculpas:

—Perdóname, Karina —dijo Gisela—. No fue mi intención hacerte sentir mal, discúlpame...

—¡Usted ha sido una malagradecida! ¡Y la trato de «usted» porque para mí usted es una desconocida!

—Pero, Karina...

En ese momento llegó la buseta. Karina, tratando de ignorar a Gisela, se subió, pero Gisela se subió detrás de ella.

—¿Tiene plata para pagar la buseta? —inquirió Karina—. Porque si no, va a tener que bajarse.

—Sí, tengo... claro que tengo para pagar transporte...

Gisela pagó su pasaje y buscó asiento. Los varones le cedieron el puesto a Karina, pero no a Gisela, quien tuvo que soportar todo el trayecto de pie. Karina, bien sentada, le hizo un gesto sarcástico a Gisela, que la miraba aburrida.

+++

Mientras tanto, Hamilton manejaba el auto de Facundo cuando decidió preguntarle:

—Jefecito, ¿le sucede algo? Lo noto muy preocupado.

—Nada, Hamilton... los problemas de siempre que a uno lo agobian.

—¿Pasó algo con Marita? A ella se le notaba muy triste...

—No me hable de Marita, por favor. Ella me ha decepcionado...

—Pero ¿qué hizo Marita?

—Pues se puso de acuerdo con su vecina para contratar a una muchacha y hacerla decir que es mi hija... ¡Fíjate!

En ese momento, Hamilton pegó un frenazo y detuvo el auto.

—¡Hamilton! ¿Por qué detienes el auto?

—¡Jefecito! Yo lo aprecio mucho, ¡pero aquí su desconfianza ha ido muy lejos! ¡Marita es incapaz de hacer una cosa así!

—¿Ah, sí? ¿Y te consta que no sea así?


—¡Claro que sí, jefecito! Yo conozco a Marita desde hace mucho tiempo y le puedo decir que es una persona decente e intachable. A ver, jefecito, ¿cuándo Marita le ha faltado el respeto o ha hecho algo indebido?

—Bueno...

—¿Vio? Marita vive muy dedicada a su trabajo y a atenderlo a usted en todo lo que necesite. Si ha fallado en algo, se ha retractado y luego no volvió a hacerlo. Marita es buena chica, no hay maldad en sus ojos.

—Hamilton, esta conversación sobra... Mejor cállese antes de que decida despedirlo.

—Está bien, jefecito, pero quiero asegurarle que Marita es incapaz de cometer un acto tan ruin. Sobre la señorita que dice ser su hija, seguro Marita ni lo sabía... ni mucho menos Karinita, a quien también conozco y sé que es una muchacha ejemplar. Así que, si hay una única culpable, ¡es su supuesta hija!

—Mi supuesta hija... —dijo Facundo, pensativo.

—¡Así es, don Facundo! Esa muchachita no sé de dónde vino a engatusar a Karinita y a Marita en sus planes. ¡Esa muchachita es de tomar armas tomar!

—Tan parecida a ella... —dijo Facundo, reflexivo, sin hacer caso del todo a lo que decía Hamilton—. Hamilton...

—Diga, jefe.

—Necesito hablar con esa muchacha, la que dice que es mi hija...

—Pues no tengo ni idea de dónde pueda estar en este momento...

—Regresemos a la oficina, a ver si la vemos por allá.

—Está bien, jefe —dijo Hamilton, encendiendo el auto.

+++

Regresaron a la oficina y, al llegar, se encontraron con una sorpresa: allí estaba la señorita Carolina Estévez, de Futich Ltda., esperando en la recepción.

—¡Hola, Facundo! —exclamó la señorita Carolina—. ¡Hola, Hamilton!

—¿Carolina? —dijo Facundo, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Qué milagro que vienes!

—Bueno, ayer nos vimos, ¿no? ¿Recuerdas que me invitaste a almorzar?

—¡Claro que sí! ¡Es que cada vez que no te veo siento mucho tu ausencia...!

—¡Oh, qué galante! —dijo ella, dichosa.

En ese momento llegó Marita:

—Señor Altamirano, necesito hablar urgente con usted...

—Sí, gracias, Marita —dijo Facundo, y dirigiéndose a la recepcionista agregó—: Por favor, sírvale algo de tomar a la señorita Estévez.

Marita se dirigió con Facundo a conversar a su despacho...

—Dime, Marita, ¿qué necesitas hablar conmigo? Antes que nada, te pido disculpas por mi reacción de hace un rato...

—No se preocupe... Señor Altamirano, necesitamos solucionar lo del reclamo a Yuly S.A. y, además, tenemos que averiguar cómo va lo de la pensión de la señora Fernández.

—Oh, claro, me olvidaba. Gracias por recordarlo, Marita. A propósito, ¿sabes algo de mi supuesta hija?

—Hummm... no sé dónde pueda estar esa señorita. No me interesa. ¿Por qué tanto interés en esa muchachita tan de repente?

—¡Es que...! ¡No sé cómo decir esto, pero ahora que pienso con más calma, me voy dando cuenta de que es igualita a ella...!

—¿Ella? ¿De quién está hablando usted?

Facundo sacó la foto de una muchacha de uno de los cajones de su escritorio...


—De ella —dijo Facundo mostrando la imagen—. Es la muchacha peruana que te conté la otra vez, la que conocí en la Universidad.

—Sí, de verdad son muy parecidas... Ya me parecía haberla visto antes, pero no recordaba dónde...

—Necesito hablar con ella urgente, hay un asunto que tengo que solucionar...

—Yo puedo decirle dónde vive mi vecina... Pero ¿por qué de repente tiene tanto interés en esa chica?

—No lo sé. A veces uno reacciona impulsivamente debido a la inseguridad y la desconfianza, pero Hamilton dijo algo que me hizo pensar que tal vez esa chica no sea del todo una farsante... ¿Qué dices? ¿Vamos ahora a ver a tu vecina?

—¿Y el trabajo?

—El trabajo puede esperar... Vámonos, que esto es un asunto muy importante para mí.

Marita alistó sus cosas y se retiró con Facundo de la oficina, dejando casi plantada a la señorita Carolina Estévez, quien se ofreció a acompañarlos. Los tres se subieron al auto de Facundo junto a Hamilton, el chofer.

+++

Finalmente llegaron al vecindario de Marita y dieron con la casa de Karina. Tocaron a la puerta: ¡Toc! ¡Toc! Para su fortuna, fue Karina quien abrió.


—¿Marita? —dijo Karina—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Hola, Karina, vine con mi jefe porque quiere hablar con la muchacha... ¿Gisela? ¿Sabes dónde está?

—Sí, está en su cuarto. —respondió Karina.

—¿Podemos hablar con ella? —pidió Facundo.

—Sí, claro, pasen... —dijo Karina.

Facundo se dirigió a la habitación de Gisela y la saludó con seriedad:

—Hola... Gisela —dijo Facundo.

—Hola —respondió Gisela, indiferente—. ¿Qué deseas? ¡Porque si es para denunciarme, quiero decirte que te voy a dejar tranquilo!

—No es eso —dijo Facundo acercándose a ella—. Solo que nunca me di cuenta de lo parecida que eres a tu madre.

—Mamá murió hace tiempo.


—Discúlpame por mi reacción, es que la verdad cuesta creer todas estas cosas. Por favor, comprendeme.

—Claro que comprendo.

—Quería pedirte una cosita.

—¿Qué quieres pedirme... señor?

—Que te vengas a vivir a mi casa... ¿Qué dices?

Gisela volteó la cara y su dura expresión cambió de repente. A todos impactó el vuelco repentino que dio Facundo con Gisela...

(Tema de intriga final: "Muro de lamentos" – Claudia García)

CONTINUARÁ...

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