CAPITULO 9: AMORES POR ACCIDENTE
Gisela se quedó perpleja luego de que Facundo le pidiera que se fuera a vivir a su casa...
—Perdón, señor Altamirano, ¿me pides que me vaya a vivir a tu casa?
—Así es —dijo Facundo—. Quiero que te vengas a vivir a mi casa...
—Pues me parece increíble lo que me dices. ¿No que para ti soy una farsante? ¡Acaso crees que una farsante pueda venir de tan lejos para buscarte a ti!
—Pero tienes que comprenderme. Un hombre de mi posición vive siempre a la defensiva y cuidándose de oportunistas que buscan sacarle provecho a lo que yo obtuve con mi propio esfuerzo y dedicación.
—Es difícil lo que me pides.
—Vamos, Gisela, solo te pido que podamos compartir como padre e hija... No te imaginas lo mucho que he querido tener un hijo o hija.
—¿Qué fue lo que te hizo cambiar tan de repente conmigo?
—Es el asombroso parecido que tienes con tu madre... y el hecho de que te llamas Gisela, como mi madre.
Gisela se quedó callada y, de repente, una lágrima brotó de su mejilla. Facundo sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo dio para que se secase. Ella lo recibió en silencio.
—Vamos, Gisela, ¿qué dices? Por favor, quiero recuperar el tiempo perdido.
—Antes de morir, mamá te escribió una carta... —dijo Gisela, secándose los ojos.
—¿Y dónde está esa carta? —preguntó Facundo, confundido.
Gisela sacó de sus cajones un sobre a nombre de «Facundo Altamirano» y se lo entregó. Facundo abrió la carta y se sentó en la cama para leerla con detenimiento:
«Estimado Facundo, mi chuncho: Yo sé que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos la última vez, pero quiero que sepas que siempre he pensado en ti y en los bellos momentos que pasamos juntos. Desafortunadamente, el destino nos tendió una mala jugada y tuve que regresar a mi país sin saber que estaba embarazada. Quise ubicarte para darte la noticia, pero me fue imposible; como si el destino se empeñara en separarnos, lo único que supe de ti es que te fuiste a Colombia. Entonces, sola tuve que criar a Gisela, nuestra hija, que se ha convertido en mi adoración. Ahora que el doctor me ha dado pocas esperanzas de vida, quiero que cuides de ella y puedas recuperar el tiempo perdido. Dios te bendiga, mi chuncho, y cuida de nuestra hija. ROSA.»
Facundo, emocionado, comenzó a llorar amargamente, apretando los párpados con fuerza... y Gisela, tímidamente, le dio consuelo...
—¿Hace cuánto tiempo murió? —preguntó Facundo.
—Hace un mes.
—Ahora más que nunca tengo que cumplir la promesa de Rosa. Tienes que venir a vivir a mi casa... Por favor...
—Señor Altamirano.
—Por favor, Gisela, dime papá... ¿No me dijiste papá la vez que viniste a mi oficina?
—Está bien... papá... pe... pero más bien tú eres quien me debe perdonar... No debí haber irrumpido en tu vida de esa manera y lo peor es que te dejé mal con tu secretaria y su vecina.
—Ya está todo olvidado... Por favor, ¿qué dices?
—Hummm... está bien... papá.
Facundo, entre lágrimas, abrazó fuertemente a Gisela...
Gisela y Facundo salieron de la habitación. Él, muy contento, la presentó como su hija. La única en reaccionar con excesiva calidez fue Carolina Estévez, quien se notaba demasiado amigable con Gisela, aunque la joven mantenía cierta desconfianza hacia ella. Por su parte, Hamilton, el chofer, no estaba para nada convencido.
+++
Se retiraron de allí y fueron rumbo al apartamento de Facundo. Al llegar, Gisela quedó maravillada con el lujo y el confort: un balcón desde donde se contemplaba toda Bogotá, televisión satelital, reproductor de DVD y un sofá amplísimo.
—¡Uau! —exclamó Gisela—. ¡Qué bacán! ¿Y todo esto es tuyo?
—Así es, Gisela —dijo Facundo—. Y ahora también es tuyo. Ven, te muestro tu cuarto...
Facundo la llevó a su habitación y ella se puso a saltar sobre la cama de la emoción...
—¡Uau! ¿Y este es mi cuarto?
—Es el cuarto de huéspedes, pero lo puedes decorar a tu gusto... Bueno, ponte cómoda y descansa...
—Gracias, papá —dijo Gisela, dándole un beso en la mejilla que dejó a Facundo fascinado.
Ella se recostó y, en ese momento, se acercó la señorita Carolina Estévez.
—¡Carolina! —exclamó Facundo.
—Hola, Facundo... Hola, Gisela... —saludó Carolina.
—Carolina —pidió Facundo—, ¿podrías llevar a mi hija de compras? Quiero que la lleves a las mejores tiendas de la ciudad, le compres la mejor ropa y todo lo que ella quiera.
—Gracias, papá... —dijo Gisela, emocionada.
—De nada, hijita —respondió él, dándole un beso en la frente—. Bueno, las dejo para que se hagan buenas amigas.
Facundo cerró la puerta.
+++
De inmediato, Hamilton se le acercó para hablar en privado.
—Jefe, ¿por qué de repente se comporta de esa manera con esa muchacha que apenas conoce?
—Es mi hija.
—Una hija que usted recién conoce. Vamos, jefecito, no sé cómo cambió de parecer tan de golpe, pero ponga los pies en la tierra. Usted no sabe qué intenciones pueda tener esa señorita.
—Tengo los pies bien puestos sobre la tierra, Hamilton, y sé cuál es mi deber.
—Su deber es despachar a esa oportunista, eso es lo que tiene que hacer...
—¿Y si no fuera una oportunista? ¿Y si realmente fuera mi hija? ¿La voy a echar como a un perro?
—Pero usted debería informarse más, hacerse una prueba de paternidad, averiguar sobre el pasado de la niña. Hay muchas cosas que debería hacer antes de meterla a su casa...
—Y lo voy a hacer, Hamilton. Voy a averiguar más al respecto, pero mientras tanto a Gisela se le tratará como si fuera mi hija...
—¿Qué fue lo que lo hizo cambiar, jefecito?
—Muchas cosas... La carta de su mamá, en la que me llamaba «chunchito», como solo ella me decía... El asombroso parecido... Su nombre... Su personalidad... ¿Sabes lo terco que era yo cuando joven? Ella me recuerda a mí en mis años de adolescente: nunca me daba por vencido y no le tenía miedo a nada... Además, me lo dice el corazón...
—Pero su corazón lo puede traicionar... Deje la sensibilidad y ponga los pies sobre la tierra.
—¿Sabes, Hamilton? Creo que tienes razón... Voy a averiguar más sobre ella, pero mientras tanto Gisela es nuestra huésped especial y debe ser tratada como tal.
—Está bien, jefecito. Usted manda.
—Y quiero que la acompañes a todos los sitios a los que quiera ir... Vas a ser su chofer.
—Por supuesto, jefecito.
—Tu primera orden es acompañar a la señorita Carolina y a mi hija a un centro comercial a ver tiendas...
—Bien, jefecito.
En ese instante salieron Carolina y Gisela.
—Jefe, ¿por qué de repente se comporta de esa manera con esa muchacha que apenas conoce?
—Es mi hija.
—Una hija que usted recién conoce. Vamos, jefecito, no sé cómo cambió de parecer tan de golpe, pero ponga los pies en la tierra. Usted no sabe qué intenciones pueda tener esa señorita.
—Tengo los pies bien puestos sobre la tierra, Hamilton, y sé cuál es mi deber.
—Su deber es despachar a esa oportunista, eso es lo que tiene que hacer...
—¿Y si no fuera una oportunista? ¿Y si realmente fuera mi hija? ¿La voy a echar como a un perro?
—Pero usted debería informarse más, hacerse una prueba de paternidad, averiguar sobre el pasado de la niña. Hay muchas cosas que debería hacer antes de meterla a su casa...
—Y lo voy a hacer, Hamilton. Voy a averiguar más al respecto, pero mientras tanto a Gisela se le tratará como si fuera mi hija...
—¿Qué fue lo que lo hizo cambiar, jefecito?
—Muchas cosas... La carta de su mamá, en la que me llamaba «chunchito», como solo ella me decía... El asombroso parecido... Su nombre... Su personalidad... ¿Sabes lo terco que era yo cuando joven? Ella me recuerda a mí en mis años de adolescente: nunca me daba por vencido y no le tenía miedo a nada... Además, me lo dice el corazón...
—Pero su corazón lo puede traicionar... Deje la sensibilidad y ponga los pies sobre la tierra.
—¿Sabes, Hamilton? Creo que tienes razón... Voy a averiguar más sobre ella, pero mientras tanto Gisela es nuestra huésped especial y debe ser tratada como tal.
—Está bien, jefecito. Usted manda.
—Y quiero que la acompañes a todos los sitios a los que quiera ir... Vas a ser su chofer.
—Por supuesto, jefecito.
—Tu primera orden es acompañar a la señorita Carolina y a mi hija a un centro comercial a ver tiendas...
—Bien, jefecito.
En ese instante salieron Carolina y Gisela.
—Muy bien —dijo Facundo—. Hamilton las va a llevar al centro comercial para que compren todo lo que gusten...
—¿Yo también? —bromeó Carolina.
—Bueno... si quieres, también —respondió él entre risas—. Pero mi hija es la homenajeada.
—Gracias, papito —dijo Gisela, abrazándolo con fuerza antes de salir.
Por su parte, en el barrio, Marita conversaba con Karina en su casa:
—Marita, ¿tú crees que Gisela sea realmente hija de tu jefe?
—Es difícil de creer, Karina. Tú sabes que hay mucha gente oportunista por ahí...
—Espero que Gisela no se olvide de nosotros los pobres, ahora que tiene un padre que le puede dar todo.
—Le puede dar todo lo material —dijo Marita—, pero ustedes, con su hospitalidad, le han dado cosas que el dinero no puede comprar.
—Temo que se olvide de nosotros.
—Yo creo que tarde o temprano Gisela se los va a agradecer. Estoy segura.
—Marita, ¿qué quieres hacer ahora?
—Bueno... El jefe me dio la tarde libre, así que no tengo nada pendiente. ¿Por qué lo preguntas?
—Quería ir a ver tiendas. Puedes llevar a tu niño.
—Está bien, claro, faltaba más. Pero primero pasemos por el niño a la guardería. ¿A dónde vamos?
—¿Qué te parece si vamos a Atlantis?
—¡Pero si es carísimo! ¿Por qué de repente tienes esos gustos de gomela?
—Solo vamos a mirar tiendas, nada más... Además, quiero conocer los sitios para cuando sea rica y famosa... ¡Ja, ja, ja!
Ambas tomaron un taxi y se dirigieron al centro comercial.
—¿Yo también? —bromeó Carolina.
—Bueno... si quieres, también —respondió él entre risas—. Pero mi hija es la homenajeada.
—Gracias, papito —dijo Gisela, abrazándolo con fuerza antes de salir.
(Tema de amor paternal: "Fuerza de Amor" – Alberto Plaza)
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Por su parte, en el barrio, Marita conversaba con Karina en su casa:
—Marita, ¿tú crees que Gisela sea realmente hija de tu jefe?
—Es difícil de creer, Karina. Tú sabes que hay mucha gente oportunista por ahí...
—Espero que Gisela no se olvide de nosotros los pobres, ahora que tiene un padre que le puede dar todo.
—Le puede dar todo lo material —dijo Marita—, pero ustedes, con su hospitalidad, le han dado cosas que el dinero no puede comprar.
—Temo que se olvide de nosotros.
—Yo creo que tarde o temprano Gisela se los va a agradecer. Estoy segura.
—Marita, ¿qué quieres hacer ahora?
—Bueno... El jefe me dio la tarde libre, así que no tengo nada pendiente. ¿Por qué lo preguntas?
—Quería ir a ver tiendas. Puedes llevar a tu niño.
—Está bien, claro, faltaba más. Pero primero pasemos por el niño a la guardería. ¿A dónde vamos?
—¿Qué te parece si vamos a Atlantis?
—¡Pero si es carísimo! ¿Por qué de repente tienes esos gustos de gomela?
—Solo vamos a mirar tiendas, nada más... Además, quiero conocer los sitios para cuando sea rica y famosa... ¡Ja, ja, ja!
Ambas tomaron un taxi y se dirigieron al centro comercial.
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Mientras tanto, en el auto de Facundo, Carolina conversaba con Gisela:
—¿Y ya has salido por Bogotá, Gisela?
—Sí, claro, salí un par de veces con Karina, la muchacha donde me hospedé...
—Parece una buena chica la tal Karina, ¿no?
—Así parece. Al menos es la única amiguita que pude conseguir aquí...
—Me alegra escuchar eso. Espero que tú y yo nos hagamos buenas amigas también.
—Claro que sí, Carolina...
(Tema musical del recorrido: "A little less conversation" – Elvis & JXL)
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Llegaron al Centro Comercial Atlantis. Tras la revisión de seguridad en el parqueadero, ingresaron a las instalaciones. Carolina guiaba a Gisela por tiendas exclusivas seleccionándole prendas, pues como decía ella: «Si eres hija de un gerente, tienes que lucir como tal». Hamilton caminaba unos pasos atrás cargando las bolsas de compras.
Muy cerca de allí, Marita y Karina recorrían los pasillos...
—¡Uau! ¡Qué caro! —exclamó Marita sorprendida—. ¡Qué tales precios! ¡Es más de lo que gano en un mes!
—Este lugar es de los más exclusivos de la ciudad...
—¡Sí, pero ya es demasiado abuso! ¡Fíjate, esta blusita a ese precio! ¡Tendría que empeñar todo para poder comprarla!
En ese momento se cruzaron con Gisela y Carolina. Karina la reconoció de inmediato y se acercó a saludar, mientras Marita se sentía algo incómoda.
—Hola, Gisela, ¿qué milagro que vienes por acá?
—Estamos haciendo algunas compras —dijo Gisela—. Tú sabes, renovando el guardarropa...
—¡Vaya! —comentó Karina—. ¡Se han gastado cualquier cantidad de dinero comprando todas esas cosas!
—Bueno —dijo Gisela—, mi papi me dio dinero para que me compre lo que quiera. ¿Ya comieron algo?
—No, gracias —respondió Marita—. Aquí es muy caro.
—¡No se preocupen por el precio! —insistió Gisela—. Quiero invitarlas a comer algo. Vamos a ese lugar...
—No será mucha molestia. —dijo Karina.
—¡Ninguna! —exclamó Gisela—. ¡Es lo menos que puedo hacer por haberme acogido en su hogar!
+++
Se dirigieron al Hard Rock Café. Gisela acomodó a todos en la mesa, incluyendo a Hamilton. Carolina disimuló su incomodidad por compartir mesa con el chofer y la secretaria, guardando la compostura. Hamilton animó el momento contando chistes y haciendo reír a todos. Karina y Gisela acordaron seguir viéndose, un gesto que no le hizo ninguna gracia a Carolina.
Al quedarse a solas con Gisela, Carolina reclamó:
—¿Por qué quisiste que el chofer y la secretaria de tu padre se sentaran en la mesa con nosotros?
—Me caen bien, además venimos juntos... No sería correcto no invitarlos.
—Has cambiado de posición —sentenció Carolina—. Ya no eres la muchachita humilde de Lima, ahora eres la hija de un importante empresario y debes darte tu lugar. No lo digo por tu amiga, que a pesar de su humildad tiene clase, pero ese chofer y la secretaria... ¡Oh, qué vergüenza! ¡Y dejaste que ellos pidieran lo más caro y que tu padre pagara la cuenta! ¡Qué horror!
—Bueno, si tanto te incómoda, la próxima vez no te invito a ti...
—No, no, solo te digo que cada cosa debe estar en su lugar. Ellos tienen su lugar y nosotros el nuestro.
Más tarde, Carolina intentó reportarle lo sucedido a Facundo esperando una reprimenda, pero él soltó una carcajada:
—¡Jajajajaja! —exclamó Facundo—. ¡Es que ella es hijita de su papá!
Facundo abrazó y felicitó a Gisela, dichoso de tenerla a su lado. La vida volvía a sonreírle.
Entre tanto, los días transcurrieron hasta llegar la fecha fijada. En Santiago de Chile, Mariángela y Christian abordaban el avión con destino a Colombia, sin sospechar lo que el destino les tenía preparado...
(Tema de intriga y viaje: "Kilómetros" – Sin Bandera)
CONTINUARÁ...





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