CAPÍTULO 20: AMORES POR ACCIDENTE
Facundo podría darse por satisfecho ahora que, finalmente, aceptó su amor por Mariangela, a pesar de que tenían un compromiso laboral de por medio. Por su parte, Carolina Estévez, su exnovia, regresó a su vida y a su trabajo aduciendo un compromiso profesional:
—Tienes razón, Carolina —dijo Facundo—. El trabajo y el amor no deben mezclarse. Pongámonos a trabajar.
—Sí, claro —respondió Carolina Estévez, mirándolo frívolamente.Los dos se miraban fijamente a los ojos cuando, de pronto, se abrió la puerta rápidamente y era Mariangela, quien se sorprendió al verlos juntos:
—¡Facundo! —exclamó.
Facundo se dio la vuelta. Carolina Estévez la miró con fría discreción.
—¿Qué deseas, Mariangela?
—Disculpa —respondió ella, haciéndole mala cara a Carolina—. No sabía que estabas ocupado...
—Carolina y solo hablábamos. Dime, ¿se te ofrece algo?
—Más bien quería ver los últimos estados de ventas. Marita dice que no los tiene.
—Pregunta abajo, a la señora de facturación. Ellos guardan récords de todos los reportes de ventas —respondió Facundo.
—Te acompaño —intervino Carolina—. Tengo que ir por ahí cerca.
—Bueno... —dijo Mariangela tímidamente—. No faltaba más.
Carolina Estévez y Mariangela decidieron bajar juntas hacia el departamento de facturación. Mientras caminaban por la empresa, Carolina le entabló conversación:
—¿Cómo va el trabajo, Mariangela? —preguntó con frivolidad.—Sí, sí, todo bien —respondió en tono complaciente.
—Es que Facundo es un amor de persona... y un amante increíble. ¡Ay, si supieras los besos y caricias que nos dábamos en la cama!
Mariangela comenzó a incomodarse:
—Bueno, la verdad, no me importa...
—¿No te importa?
—Él es mi jefe, no mi amante.
—Pero te mueres por estar con él, ¿no?
—¡Por favor, cómo puedes decir esas cosas!
—Bueno, para tu información, Facundo y yo terminamos.
—Lo siento.
—No lo sientas. Yo no sé cuál es tu juego... A mí no me engañas, Mariangela García. Sé que estás detrás del dinero de Facundo y no voy a permitir que te salgas con la tuya.
—Para tu información, señorita Estévez, el dinero de Facundo no me interesa ni lo más mínimo. Además, él fue muy gentil en ofrecerme trabajo.
—No te creo... ¿sabías que el jefe está loquito por ti?
—¡Por favor, Carolina! ¡Este no es el lugar para discutir asuntos sentimentales! Así que, con permiso, me adelanto al departamento de facturación.
Mariangela se retiró enojada. En ese momento, Carolina esbozó una risa maquiavélica: ¡Jajajajaja!Celmira, una de las vendedoras, se acercó a ella:
—¿Le sucede algo, señorita Estévez?
—No pasa nada, Celmira. Con permiso —respondió en tono esquivo.
—¿Es algo de la nueva gerente de ventas?
—¡Para nada! ¡Todo está bien con ella! Se ve que es una muchacha muy eficiente...
—Bueno, señorita Estévez, quiero decirle que cuide a su novio de esa tal Mariangela García. Se ve que es una trepadora que va tras el dinero y el prestigio de don Facundo.
—Gracias por advertirme, Celmira. Cualquier cosa que suceda con esa señorita, me avisas, por favor.
—Sí, claro, señorita Estévez. Juntas podemos sacar a esa Mariangela.
—Lo siento, Celmira, pero yo no trabajo con empleadas —respondió con frialdad antes de retirarse.
+++
Sin embargo, Carolina tuvo un encuentro con su pasado, sin sospechar que Celmira se había quedado escuchando a poca distancia:
—¿Paola? ¿Eres tú? —exclamó Ricardo, el chofer de Mariangela.—Disculpe, usted me está confundiendo con otra persona —respondió ella—. Yo me llamo Carolina.
—Claro, te llamas Paola Carolina...
Carolina comenzó a tiritar de miedo, pero Ricardo la retuvo con firmeza:
—¿No te acuerdas de mí? Nos conocimos en San Andrés hace como siete años.
—Usted se confunde...
—Cómo has cambiado, Paola...
—¡Me llamo Carolina! —gritó.
—Al parecer tu vida de gomela estirada te ha hecho olvidar a quienes siempre te han querido...
—Por favor, me confunde...
—¿Acaso no te acuerdas de esto? —dijo Ricardo antes de besarla fuertemente.
Ella, sin querer, le correspondió por un instante, pero luego volvió en sí y se apartó:
—¡Ni se le ocurra volver a hacer algo así! ¡Estamos en una empresa seria y respetable!
—Disculpa, Paola, pero no pude contener el impulso al verte de nuevo. No sabes cuánto te he extrañado... ¿Qué pasó? Te busqué, te llamé, pero nadie me dio razón de ti.
—Recibí amenazas de secuestro y tuve que emigrar a Estados Unidos. Solo ahora, después de que mi padre murió, pude regresar para hacerme cargo de sus empresas... ¡Pero tú no tienes ningún derecho a reclamarme nada después de que me dejaste sola y desamparada!
—¿Entonces sí te acuerdas de mí? Pero yo no te dejé sola; fueron tus padres quienes no me querían a tu lado.
—¡Sí, me acuerdo de ti! ¡Del hombre que me hizo sufrir toda la vida!
Celmira observaba la discusión con atención desde su escondite.
—Por tu culpa —continuó Carolina—, he fallado a mi deber de madre...
—¿Perdón? —respondió Ricardo atónito—. ¿Qué quieres decir?
—¿Te acuerdas de aquella noche que pasamos juntos en San Andrés?
—Sí, claro que me acuerdo, fue la mejor noche de mi vida...
—Pues... —dijo Carolina respirando hondo—, no te lo dije antes, pero quedé embarazada.
Ricardo se quedó de una sola pieza. Celmira, escondida, esbozó una sonrisa macabra.
—Pé... pero, ¿qué pasó con la criatura?
—Era un varón. Lo di en adopción a una familia colombiana en Miami.
—Pé... pero, ¿por qué no me dijiste nada?
—¿Y qué querías que hiciera? ¡Mis padres querían que abortara! ¡Además, yo te busqué, pero habías desaparecido!
Ricardo, sumamente impresionado, no supo qué responder.
—Bueno, ya conoces este terrible secreto, así que te pido absoluta discreción.
—No te preocupes —dijo Ricardo abrazándola—, no se lo diré a nadie.
Tras darle un beso en la boca, Ricardo se retiró. Celmira aprovechó el momento para acercarse a Carolina:
—¿Celmira? —exclamó ella, asustada.
—Acabo de enterarme de que tienes un hijo con el chofer de la nueva gerente de ventas... pero no te preocupes, no se lo diré a nadie a cambio de una sola condición.
—¿Qué condición?
—Que nos unamos para destruir a Mariangela García.
—¡Por mí, puedes decírselo a todo el mundo! —replicó Carolina indignada, marchándose de inmediato.
+++
Mientras tanto, Mariangela se encontró con las vendedoras, quienes reían y tomaban café plácidamente:
—¡Un momento! —exclamó Mariangela—. ¿Se puede saber qué están haciendo a esta hora?
—Estábamos tomando un descanso... —respondió Gina.
—¿Acaso no saben qué hora es? ¡Son las once y media! ¡No deben estar aquí, sino afuera vendiendo!—¡Ya, ya! ¡Es solo una tacita de café!
—¡Pues se la pueden tomar afuera!
—A nosotras nos gusta el café que preparan aquí —respondió Adriana con desenfado.
En ese instante llegó Celmira para avisarles que ya era hora de almorzar, por lo que las vendedoras se dispusieron a marchar hacia el comedor.
—¡Un momento! —volvió a exclamar Mariangela—. ¿A dónde se supone que van?
—Pues a almorzar, claro —dijo Adriana.
—Ustedes no deben almorzar aquí. ¡Tienen que estar en la calle trabajando!
—¡Las señoritas tienen derecho a estar aquí! —intervino Celmira—. ¡Este es un país libre!
En ese momento apareció Facundo:
—A ver, ¿qué pasa aquí? ¿Por qué arman tanto alboroto?
—Nada, jefecito —respondió Celmira con astucia—. Solo queríamos hacerle una invitación a Mariangela para darle la bienvenida de parte de todo el departamento de ventas, pero al parecer ella carece de un poco de cortesía...—Facundo —se defendió Mariangela—, yo no sabía nada de la invitación, te lo juro. Solo les llamaba la atención porque deberían estar afuera vendiendo y no aquí.
—Para que se entere, Mariangela —replicó Celmira—, las señoritas hacen telemercadeo, trabajan por teléfono.
—Pues eso no fue lo que yo vi... —insistió Mariangela.
—Te creo, Mariangela —la interrumpió Facundo, dirigiéndose luego al personal—, ¡pero ustedes obedezcan a su gerente de ventas! ¡Ella es la máxima autoridad, y la que no quiera acatar sus órdenes puede retirarse de la empresa!
—Sí, jefe —respondieron las vendedoras con la cabeza gacha.
—Bueno —cedió Mariangela—, como ya es la hora del almuerzo, solo por hoy se les servirá aquí, pero mañana quiero verlas a todas afuera en el campo de ventas.
—Sí, señorita Mariangela —contestaron al unísono.
—Bueno, Mariangela —dijo Facundo mirándola con fascinación—, ¿vamos a almorzar?
—Está bien, Facundo.
—¡Esperen! —intervino Carolina Estévez—. ¡Yo también quiero almorzar aquí!
Todos se dirigieron al comedor. Celmira, por su parte, miraba a Mariangela con odio y recelo, jurando en silencio que se vengaría de ella a toda costa.
CONTINUARÁ...





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