CAPÍTULO 25: AMORES POR ACCIDENTE
Gisela no podía creer que su padre, Facundo, le confesara su amor por Mariangela, la hermana del hombre que ella ama:
—Bueno, hija —dijo él—, ahora sabes lo que siento por Mariangela. Dime, ¿dejaste algún novio en Perú?—¿Yo? —respondió Gisela—. Bueno, la verdad que no... mi mejor amiga era una muchacha mexicana que vino de intercambio hasta que regresó a su país.
—¿Cómo era tu vida en Lima?
—Bueno... ejem... era como todas las demás, siempre sufriendo, pasando miseria, hambre...
—¡Pobrecita! —exclamó conmovido y con los ojos llorosos, tocándole suavemente la mejilla y abrazándola con fuerza—. No te preocupes, hijita, quiero que sepas que, mientras estés aquí conmigo, nunca te faltará nada.
—Gracias, papá —respondió Gisela con la voz quebrada.
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Mientras tanto, en casa, Mariangela conversaba con su hermano Christian:
—Oye, Christian, ¿qué te pasa, eh?
—No me pasa nada, hermanita, ¿por qué lo preguntas?
—¡Cómo que no, si me dijeron que te vieron besando a una muchacha por ahí! ¿Y qué pasó con tu relación con Karina?Christian sintió un vuelco en el corazón. Sabía perfectamente que la señora Celmira se había encargado de divulgar por toda la fábrica su desliz con Caty, la amiga de Karina.
—¡Quién te dijo semejante mentira! —exclamó a la defensiva—. ¡Es pura invención, poh!
—¡No te creo nada! ¡Sé que eres capaz de herir los sentimientos de la gente, pero de mí no te burlas! ¡La pobrecita de Karina sufre mucho por tu culpa!
—¡Tú qué sabes! ¡Seguro que ella te metió esas ideas en la cabeza!
—¡Nada de eso! ¡Puedo ver en sus ojos su nobleza y humildad, algo que tú claramente no tienes!
—¡Oye, hermana! ¡De parte de quién estás! ¿De esa Karina o de mí, que soy tu hermano?
—¡Estoy del lado de la justicia, poh! ¡No soporto que te burles de una inocente de esa manera! Si no quieres a Karina, ¿por qué no tienes los pantalones para terminar de una buena vez con esta farsa?
—¡Lo que pides es imposible! ¡No puede ser!
—¿Qué es imposible? ¿Terminar con una muchacha que no quieres? O será que... ¿te has enamorado de ella?
Christian se quedó frío y paralizado, sin saber qué responder.
—Te estoy hablando, Christian —prosiguió Mariangela—. Dime si te has enamorado de Karina...
—¡Esta conversación está demás! —gritó indignado, antes de dar media vuelta y salir de la casa azotando la puerta con fuerza: ¡Slam!
Mariangela abrió la puerta y gritó desesperada:
—¡Christian! ¡Christian!
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Pero él ni siquiera volteó. En ese instante apareció Marita, su amiga e inquilina, para preguntarle preocupada:
—¿Sucede algo, Mariangela? ¿Por qué gritas de esa forma?—¡Ay, Marita, amiga! ¡Es que mi hermano se fue de la casa enojado!
—¡Bah! ¡No te preocupes, no irá muy lejos!
—Pero él no conoce bien esta ciudad...
—Bueno —dijo Marita restándole importancia—, ya se ha perdido antes y siempre vuelve sano y salvo. Tranquilízate. Vamos adentro, te prepararé un agüita aromática para los nervios.
Mariangela aceptó la invitación. Ambas ingresaron y se sentaron a la mesa.
—Marita, amiga... —comenzó diciendo con tono pensativo—, creo que podría empezar a buscar una habitación para alquilar, solo para mi hermano y para mí...
—¿Pero por qué te quieres ir, Mariangela?
—Siento que te estamos incomodando. Está muy bien que no nos aceptes dinero por el hospedaje, pero ya conseguí un buen empleo y creo que es hora de independizarnos.—No digas tonterías. Tu hermano y tú jamás nos han causado molestias, ¿de dónde sacas eso?
—Nada... olvídalo... —respondió llevándose la mano a la frente con impaciencia.
—¿Lo dices por Facundo?
—No, no es eso... —contestó visiblemente nerviosa.
—Tranquila, yo entiendo tu posición. Si eres feliz a su lado, adelante, yo no seré quien se oponga... ¡Ups! ¡Ya está lista la aromática! ¿Quieres azúcar?
—No, gracias —respondió intentando cambiar de tema.
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Por su parte, Christian deambulaba a solas por las calles cuando una silueta se acercó sigilosamente por su espalda y lo llamó por su nombre. Al voltear con temor, se dio cuenta de quién era:
—Qué hubo, Christian —saludó Caty mientras exhalaba una bocanada de humo—. ¿Qué más?
Él la miró con recelo:—Hola, Caty. ¿Cómo estás?
—Muy bien —respondió con suficiencia—, no podría estar mejor. Te cuento que tu hermana ya se enteró de lo nuestro. Esto es una locura, si Karina llega a enterarse se armará un escándalo tremendo.
—¿A poco te importa lo que piense Karina?
—Es una buena muchacha, no se merece este trato.
—Entonces, ¿qué haces aquí conmigo y no con ella?
—La verdad... ya ni lo sé.
Caty, adoptando una postura sumamente sensual, le rodeó el cuello con los brazos y lo miró fijamente a los ojos:
—No pienses más —susurró antes de acortar la distancia y besarlo con intensidad.
Christian cerró los ojos y se dejó llevar, besándola en plena vía pública durante toda la noche.
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Al día siguiente, Mariangela, Christian, Marita y Karina se dirigieron a la fábrica en el vehículo de Ricardo, el tío de esta última. Al llegar, como era su costumbre, Ricardo decidió quedarse estacionado a esperarlos:
—Ya te puedes ir, Ricardo —le sugirió Mariangela—. No sé por qué insistes en quedarte todo el día. Si te necesito, te llamo.
—No te preocupes, Mariangela —respondió él con una sonrisa cómplice y un suspiro—. Prefiero quedarme por si se ofrece algo. Total, no tengo nada mejor que hacer por allá.—Está bien, quédate, pero pórtate tranquilo y no te metas en problemas.
En ese exacto momento, un lujoso automóvil se detuvo junto a ellos y de su interior descendió la señorita Carolina Estévez:
—Buenos días, ¿cómo están todos?
—Buenos días, señorita Estévez —respondieron al unísono.
—Hola... Paola —soltó Ricardo de repente al verla.
Karina lo miró extrañada:
—¿Perdón? ¿Mi tío acaba de llamarla Paola, señorita Estévez?
—Bueno... —balbució ella algo incosteable—, en realidad me llamo Paola Carolina.—¿Vaya, no sabía que conociera a mi tío? —inquirió Mariangela con curiosidad.
—Oh, sí —respondió Ricardo con nerviosismo—. Paola y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, en San Andrés.
—¡Tío! —exclamó Karina sobresaltada—, ¿ella es la muchacha que...
—Sí, Karina, pero por favor —la interrumpió su tío con prisa—, mejor vámonos adentro a trabajar.
Todos se apresuraron a ingresar al edificio.
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Mientras Mariangela caminaba rumbo a su despacho, la puerta de la oficina principal se abrió de par en par:
—¡Mariangela! —exclamó Facundo con una mezcla de fascinación y alegría.
—Buenos días... señor Altamirano —respondió ella con fría distancia.
—¿Te pasa algo? Te pedí que me llamaras por mi nombre.
—Estamos en horario de trabajo, señor Altamirano.
Facundo dio un paso al frente, le acarició las mejillas y, ante la resistencia de ella que intentaba esquivar su mirada, la tomó suavemente del mentón para obligarla a mirarlo a los ojos, fundiéndose en un apasionado beso.
Unos golpecitos secos en la puerta los interrumpieron de golpe. Con el rostro encendido por el susto, se separaron a toda velocidad. Mariangela carraspeó y ordenó pasar: era Marita, quien portaba unos documentos.
—Jefe, necesito su autorización para realizar un pedido urgente de materia prima a Atlanta, Estados Unidos.
—Sí, claro, déjame la orden de compra en el escritorio y te la firmo. A propósito, ¿dónde están las vendedoras?
—Gina se encuentra capacitando a Karina, la chica nueva, y también anda por ahí la señora Celmira...
—Perfecto —dijo Facundo—. Dile a Celmira que venga a mi oficina de inmediato, y quiero que tú también te quedes aquí, Mariangela.
—Como ordene, jefe —respondió Marita antes de retirarse.
+++
Minutos después, Celmira ingresaba al despacho con expresión adusta:
—¿Me mandó a llamar, Facundo?
—Sí, Celmira. No sé cómo decir esto, pero como usted ya no ejerce el cargo de gerente de ventas, hemos considerado que no es necesario que conserve el vehículo asignado a dicho departamento. Ahora pasará a manos de la señorita Mariangela García...
—¿Cómo dice? —exclamó Celmira indignada—. ¿Y ahora de qué manera se supone que me voy a transportar para cumplir con mis labores?
—Facundo, por favor —intervino Mariangela de inmediato—, ya te dije que no necesito ningún auto de la empresa...—No, Mariangela, es lo justo. Tú eres la nueva gerente y debes contar con movilidad propia.
—Pues no estoy de acuerdo. Si insistes en entregármelo a mí, yo misma se lo cederé a la señora Celmira, porque considero que es lo correcto. Además, puedo moverme perfectamente en el carro de Ricardo hasta que logre ahorrar para comprarme uno propio.
—Pero insisto, Mariangela, ese coche pertenece a la flota corporativa...
—¡Y yo se lo entrego a la señora Celmira y punto! ¡No se hable más del asunto! —sentenció Mariangela dándose la vuelta para marcharse.
Celmira, con la boca abierta por la sorpresa, pidió permiso con un leve movimiento de cabeza y salió tras ella. Una vez en el pasillo, la mujer mayor la detuvo:
—Mire, Mariangela... —dijo todavía estupefacta—, la verdad es que no esperaba un gesto así de su parte.
—No hay de qué, Celmira —respondió con amabilidad—. Sigo creyendo que es lo justo y necesario.
Celmira esbozó una sonrisa casi imperceptible, aunque rápidamente recuperó su habitual seriedad y continuó su camino. Cuando Mariangela regresó a su oficina, se encontró con que Facundo la estaba esperando:
—¿Por qué actúas de esa manera frente a Celmira? —le reclamó él.
—Porque hago lo que considero correcto.
—¿Y qué es lo correcto según tú?
—Que esa señora necesita su medio de transporte y ha manejado ese vehículo durante años...
—¡Pero no es suyo, es de la empresa!
—¡Tema zanjado, señor Altamirano! —replicó ella perdiendo la paciencia—. Y ahora, por favor, le pido que se retire de mi oficina.
—Está bien, Mariangela... con permiso —cedió él con un suspiro de derrota antes de marcharse.
A pesar de la negativa, aquella demostración de carácter y empatía hizo que Facundo se enamorara aún más de ella.
CONTINUARÁ...








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