CAPÍTULO 31: AMORES POR ACCIDENTE
Después de aquel encuentro con Karina en el centro comercial, Christian fue a buscar a Gisela para platicar con ella. En vista de que ella se rehusaba, le dio un beso en la boca, todo bajo la atenta mirada de Facundo, el padre de la joven, y de Hamilton, el chofer.
—¡Un momento, jovencito! —dijo Facundo—. ¡Deje tranquila a mi hija o le va a pesar!
—Don Facundo —respondió Christian—, ¿no se acuerda acaso de que usted me dijo que debo cuidar a su hija?
—¡Sí, pero no llegar a estos extremos!—¡Papá! —intervino Gisela—. ¡Christian no estaba haciendo nada malo! ¡Él me quiere y yo lo quiero a él! A pesar de que nuestro amor me haya costado la amistad de mi amiga... ¡Pero aún así lo quiero!
—Eso es verdad, Don Facundo —añadió Christian—. Yo quiero a su hija y soy incapaz de hacerle daño.
—Jefe —intervino Hamilton—, dele una oportunidad al muchacho. Se ve que está muy enamorado de su hija. Dele esa felicidad a su hijita.
—Mmm... —dijo Facundo, pensativo—. Tienes razón, Hamilton... —Luego, dirigiéndose a los jóvenes, continuó—: Bien, les aceptaré su relación... solo porque quiero ver feliz a mi única hija. Christian, hazla muy feliz.
—No se preocupe, Don Facundo —contestó Christian, sonriente, mientras abrazaba a Gisela.
—Gracias, papito —dijo ella, dándole un beso en la mejilla.
—¡Ah, eso sí! —advirtió Facundo—. ¡Ustedes no pueden salir solos! ¡Hamilton va a estar con ustedes... todo el tiempo!
—Está bien, Don Facundo, no se preocupe —aseguró Christian—. Yo no le haré nada malo a su hija.—Así me gusta... —concluyó Facundo, abrazando a Christian—. ¡Felicitaciones!
Gisela y Christian sonrieron, se abrazaron y se dieron un apasionado beso en la boca, mientras Facundo los miraba resignado, pero dichoso y feliz. A su lado, Hamilton le brindaba una sonrisa de aprobación.
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Mientras tanto, en el auto de Ricardo, Karina viajaba junto con Mariangela, y decidieron parar en un restaurante de comida peruana. El encargado de atenderlos era nada menos que Lucio, el mismo hombre que había estado con sus hijos en la firma de autógrafos del grupo Escarcha.
—¡Familia! —exclamó Lucio—. ¡Buenas tardes! ¡Bienvenidos a este restaurante! ¡Por favor, tomen asiento!
—Gracias —respondió Karina tímidamente.
—Muy bonita la decoración —comentó Mariangela—. Lo felicito.
—¡Muchas gracias! ¡Y la comida es de lo mejor! ¿Ustedes de dónde son?
—Somos colombianos —dijo Ricardo, señalándose a sí mismo y a su sobrina.
—Y yo soy chilena —agregó Mariangela.
—Muy bien —continuó Lucio—. ¿Ya han probado esta comida antes?—Bueno —dijo Mariangela—, iba a algunos restaurantes a los que me invitaban mis amigas en Chile.
—Y yo —añadió Karina— conozco esta comida de cuando teníamos «perubólica» en casa, hasta que la quitaron.
—Bueno, entonces no tengo que explicarles mucho —sonrió Lucio—. Les recomiendo para empezar un cevichito mixto, con su cebollita, su picantito recién importado de Lima, su limoncito y su pescadito con marisquitos... ¡Mmm, para chuparse los dedos!
—Bueno, entonces sírvenos una porción grande de ceviche —pidió Ricardo.
En ese momento, Mariangela miró con extrañeza el póster de Escarcha colgado en la pared:
—¡Qué original! ¡Colocar un póster de un grupo colombiano en un restaurante peruano!
—¿El póster? —explicó Lucio—. ¡Es el grupo favorito de mis hijos, precisamente vengo de su firma de autógrafos! Disculpen, ya vengo con los cevichitos...
—Está bonito el restaurante, ¿no te parece? —dijo Karina—. ¡Me fascina la comida peruana!
—A mí también —respondió Mariangela.
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Justo en ese instante ingresó Felipe al local, y Karina lo reconoció de inmediato:
—¡Felipe! ¿Te acuerdas de mí? ¡Qué milagro encontrarte aquí!
—¡Karina! ¡Esa sí que es una sorpresa! ¿No sabía que te gustara la comida peruana?—¡Me encanta! Siempre veía los programas de cocina que pasaban en los canales peruanos y me quedé con las ganas de probarla.
—Te va a gustar, ya verás —dijo él—. ¿Ya los atendieron?
—Sí, gracias —intervino Mariangela—. Nos atendió un muchacho de lo más amable.
—Debe ser mi hermano Lucio...
—¿Tu hermano? —preguntó Karina—. ¿Eres peruano?
—Soy mexicano —respondió Felipe—, somos medios hermanos por parte de madre.
Felipe se quedó conversando amablemente con ellos, mientras Mariangela observaba con alegría lo feliz que se veía Karina.
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Minutos después ingresaron al restaurante Carolina Estévez junto a su amiga Marcela. Carolina mostraba un fastidio evidente:
—No sé cómo se te ocurre traerme a esta pocilga —se quejó—. ¡Espero que la comida sea buena!—Te va a encantar —respondió Marcela—. ¡Hacen una jalea para chuparse los dedos!
Lucio se acercó a recibirlas:
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¿En qué las puedo servir, señoritas?
—¡Pues venimos a hacernos la manicure! —espetó Carolina en tono grosero—. ¡No se da cuenta de que se supone que venimos a comer!
—Disculpe a mi amiga —intervino Marcela—. Sí, por favor, queremos una mesa para dos.
Lucio las condujo hasta su mesa, les entregó los menús y tomó sus órdenes con una gran sonrisa antes de retirarse muy contento.—Vamos, amiga, quita esa mala cara, que te vas a enfermar —le aconsejó Marcela.
—Espero que este sitio sea como me dijiste —respondió Carolina—, porque no soporto estar ni un minuto aquí.
—Tranquila, mira la decoración, la música... ¿Bonito, no?
En ese momento pasó Ricardo, quien regresaba de lavarse las manos en el baño, y al verlas se detuvo:
—Paola, ¿cómo estás?
Carolina dio un salto en su asiento y comenzó a tiritar de miedo al ver al hombre de su pasado:
—¿Ricardo? Pe... pero, ¿qué estás haciendo aquí?—Vine a comer un bocado con mi sobrina y con Mariangela...
—¡Esa Mariangela está aquí! —exclamó Carolina fuera de sí—. ¡No puedo creerlo! ¡De tantos restaurantes que hay en Bogotá y justo tenían que escoger este!
—¿No me presentas a tu amigo, Carolina? —dijo Marcela, intentando calmar los ánimos.
—Claro —respondió Carolina con desdén—. Él es Ricardo... un amigo.
Marcela le extendió la mano y Ricardo la saludó. Ambos sintieron una fuerte impresión al mirarse fijamente a los ojos. Al notarlo, Carolina se puso tan nerviosa que, de un manotazo torpe, derramó un vaso de agua directamente sobre la falda de su amiga.—¡Ay, discúlpame, Marcela! —exclamó asustada.
—No te preocupes, amiga, no pasa nada —contestó Marcela sin perder la calma, y volviéndose hacia Ricardo le preguntó—: ¿A qué te dedicas, Ricardo?
—Bueno, ahora trabajo como chofer para una importante ejecutiva. Es un buen empleo porque al menos me da sustento, pero en realidad soy contador.
—¿Eres contador? —se emocionó Marcela—. ¡Pues justamente estoy necesitando uno! ¿Dónde estudiaste?
—En la Universidad Javeriana. Fui uno de los alumnos sobresalientes de mi promoción.
Marcela sacó una tarjeta de su cartera y se la entregó. Ricardo se quedó desconcertado, sin saber qué hacer. En ese instante apareció Mariangela:
—Ricardo, ¿qué estás haciendo aquí? Ya van a servir la comida.
—Mariangela —dijo Carolina en tono sarcástico—, ¿ya no saludas a los conocidos? ¡Qué maleducada eres!
—Hola, Carolina —respondió Mariangela con frialdad—. No te reconocí.
—¿Tú eres Mariangela? —intervino Marcela—. Carolina me ha hablado muuuuucho de ti. Soy Marcela Ibáñez, un placer.
—El gusto es mío —saludó Mariangela con educación—. Bueno, con permiso, debo volver a mi mesa.
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De regreso con los suyos, Mariangela le preguntó a Ricardo:
—¿Qué pasa con esas muchachas?
—¡Esa mujer, Marcela, me acaba de ofrecer trabajo como contador! Pero no sé si aceptar... ¿Qué va a pasar con mi contrato como tu chofer?
—No te preocupes, Ricardo. Si es el trabajo que te hace feliz, tómalo. Yo veré cómo me las arreglo.
—La ciudad es peligrosa...
—Te digo que no te preocupes. Vamos a servirnos la comida.
En la mesa contigua, Marcela y Carolina discutían:
—¡Cómo se te ocurre contratar a ese muerto de hambre! ¡No sé dónde tienes la cabeza! —protestaba Carolina.
—El pobre ha sufrido mucho y merece una oportunidad —defendió Marcela—. Además, no está nada mal.
—Si tú lo dices...
—Y a propósito... ¿El muchacho de Sandra no se llamaba Ricardo?
—¿A qué viene todo eso?
—A que no me gustó cómo te pusiste cuando te saludó. Anímate, amiga, mi relación con él será netamente profesional. Yo no soy de las que mezclan los sentimientos con los negocios. Por cierto, la tal Mariangela me cayó bien; me pareció una chica con clase. Creo que en vez de preocuparte tanto por Facundo, deberías cuidarte de Ricardo.
—¿Podemos comer de una vez? —cortó Carolina con sequedad.
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Más tarde, Felipe invitó a Karina al cine, y Mariangela y Ricardo se ofrecieron a acompañarlos para cuidar a la joven. Apenas se hubieron marchado del local, Christian y Gisela llegaron al restaurante. Al enterarse Lucio de que Gisela era peruana, se emociono tanto que les invitó un ceviche de cortesía de la casa.
Mientras comían, Lucio recibió una llamada en su celular sobre un torneo de fútbol aficionado, lo que despertó el interés de la pareja:—Es que yo soy organizador de un torneo de fútbol aficionado —explicó Lucio—. ¿Juegan fútbol?
—Sí, claro —respondió Christian—. Yo era uno de los mejores delanteros en mi escuela.
—Perfecto. Los invito este domingo a jugar, ¿qué les parece?
—¡Hecho! Si necesitan jugadores, ahí estaré —aceptó Christian con entusiasmo.
—Excelente. ¡El mejor jugador recibe dos entradas para el concierto de Escarcha!
Christian aceptó la invitación y Gisela confirmó que lo acompañaría...
CONTINUARÁ...







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