CAPÍTULO 35: AMORES POR ACCIDENTE


 CAPÍTULO 35: AMORES POR ACCIDENTE

Astrid estaba frente a Karina, su hija, ya convertida en toda una mujer. Quería abrazarla con todas sus fuerzas, pero tenía que controlarse y guardar la compostura, ya que la joven no sospechaba que aquella amable mujer era en realidad su madre; de sus ojos solo brotaron lágrimas silenciosas.

—¿Le sucede algo, señora? —preguntó Karina, confundida.


—Nada, nada —respondió Astrid, secándose las lágrimas—. Es la emoción de verte. Me llamo Astrid y he sido muy amiga de la familia por mucho tiempo... conocí a tu papá...

—¿Usted conoció a mi mamá? —inquirió Karina impulsivamente—. ¿Cómo era?

—Era... —En ese instante, Astrid comenzó a temblar de miedo y no pudo continuar. Al verla, Christian se apresuró a consolarla y le alcanzó un pañuelo.

—Es tanta la emoción... ejem... —balbució Astrid—. Disculpen... bueno, creo que me retiro, ya se está haciendo tarde... Christian, muchas gracias por el café...

—De nada, señora... —respondió el joven—. Permítame acompañarla hasta donde se hospeda.

—Más bien —pidió Astrid—, quisiera que le pidas un taxi por mí.

—Yo se lo pido —se ofreció Felipe—. Con permiso.

Felipe consiguió un taxi para la señora, quien se despidió de todos los presentes en aquel café: Mariangela, Marita, Christian, Felipe y la propia Karina.

—Christian —dijo Karina extrañada—, ¿cómo conociste a esa mujer?

—Estaba tocando la puerta de tu casa con insistencia —explicó él— y me invitó un café.

—Pues me pareció muy linda y joven —comentó Karina—. Sentí en el pecho una afinidad que me cuesta explicar... Bueno, se está haciendo tarde. ¿Me llevas, Felipe?

—Claro que sí, Karina.

Christian sabía perfectamente que aquella mujer era la madre de Karina, pero no podía revelárselo porque ella se lo había pedido. Mientras tanto, Karina se despidió y partió a casa en compañía de Felipe.

+++

Al llegar, Karina se encontró de frente con su padre y su tía Etelvina.

—¡Karina! —exclamó el padre—. ¿Son estas las horas de llegar a la casa? ¿Y quién es este muchacho?

—Papá —respondió ella con cautela—, él es Felipe, un amigo mío... es el muchacho del que les hablé.

—Usted tiene una hora establecida para llegar, Karina —reprochó la tía Etelvina.

—Perdonen ustedes —bajó la cabeza la joven.

—La calle está llena de peligros —advirtió el padre—, y no queremos que nada malo le pase.

—Lo entiendo... A propósito, hoy conocí a una señora que dice ser muy amiga de la familia. Christian, mi exnovio, la vio tocando la puerta de esta casa con insistencia por la tarde...

—¿Una mujer? —saltó el padre, visiblemente impactado—. ¿Cómo era?

—Era joven y muy linda —describió Karina—. Me dijo que se llamaba Astrid.

Aquella mención cayó sobre el padre como una estocada directa al corazón.

—¿Astrid, dijiste? —preguntó con voz tensa.

—Sí. ¿La conoció?

—¡Usted no me vuelve a nombrar a esa señora! —estalló el padre—. ¡Es una orden!

—¿Por qué, papá?

—¡Ni una sola palabra más! ¡No le vuelva a hablar a esa mujer en su vida!

—Está bien, papá —respondió Karina cabizbaja.

—Bueno, yo creo que ya me retiro —intervino Felipe—. Gusto en conocerlo, señor.

—Jovencito —le advirtió el padre con severidad—, tenga cuidado con mi hija. Ella no es como las demás.

—Descuide, señor, soy muy consciente de ello...

—Y usted, Karina —sentenció el patriarca—, no vuelve a salir sola hasta nuevo aviso.

—Sí, papá.

Felipe se despidió respetuosamente y se marchó.

+++

Mientras tanto, en la casa donde se hospedaba, Christian conversaba con su hermana Mariangela y con Marita.

—¿Quién era esa mujer, Christian? —quiso saber Mariangela.

—No lo sé —admitió él—. La vi en la puerta de la casa de Karina y, cuando le comenté que había sido su novio, comenzó a hacerme preguntas y terminó confiándome un secreto...

—¿Un secreto? —se intrigó Marita.

—¿Me prometen que no se lo van a decir a nadie?

—Sí, claro, Christian —aseguró Mariangela—. No diremos nada.

—Esa mujer es la madre de Karina...

—¿Estás seguro? —dudó Marita—. Tenía entendido que la madre de Karina había muerto antes de que ella naciera...

—La verdad no sé por qué me mintió o por qué me dio tanta confianza —confesó Christian—, pero creo que Karina tiene que cuidarse, porque no sabemos cuáles sean las verdaderas intenciones de esa señora...

—Tienes toda la razón —apoyó Mariangela—. Pero cambiando de tema, ¡felicitaciones por haber conseguido ese trabajo como futbolista profesional! Cuéntanos, ¿cómo pasó?

—Bueno —relató el joven—, estaba celebrando con unos amigos cuando se me acercó este señor, el exjugador colombiano Arnoldo Iguarán...

—¿Arnoldo Iguarán? —exclamó Marita emocionada—. ¡Es una de las glorias del deporte colombiano!

—¡El mismo! —asintió Christian—. Y de repente me invitó a formar parte del club... ¡Aún no lo puedo creer! ¡Voy a ser jugador profesional de fútbol! Qué curioso: siempre quise jugar en Chile y terminé haciéndolo en otro país.

—Uno nunca es profeta en su tierra —filosofó Marita.

—Mañana debo presentarme en las instalaciones del Club Millonarios.

—Ten mucho cuidado, Christian —le aconsejó su hermana—. Fíjate bien en cada cláusula antes de firmar el contrato.

—Así lo haré. Oigan... ¿les gustaría acompañarme?

—¡Por supuesto que sí, hermanito! Siempre estaremos para apoyarte.

Mariangela abrazó con fuerza a su engreído. 

+++

Días después, acudieron juntos a la sede del club deportivo, donde Christian firmó un sustancioso contrato que lo consagró oficialmente como jugador profesional. Aunque desde niño había soñado con vestir la camiseta azul de la Universidad de Chile —su club amado—, ahora debía defender con orgullo los colores de Millonarios, uno de los equipos más populares y ganadores de Colombia.

+++

En la oficina, Mariangela presumía con orgullo ante sus compañeras:

—Así es, mi hermano Christian ya es futbolista profesional...

En ese instante apareció Facundo con el ceño frncido, provocando que todas las empleadas regresaran raudas a sus puestos de trabajo.

—Señorita Mariangela, ¿no debería estar ocupada en sus labores?

—Sí, jefe, disculpe... Solo quería compartirle que mi hermano acaba de firmar contrato con un club profesional colombiano.

—Me parece increíble, pero de todos modos le extiendo mis felicitaciones a su hermano. Y ahora... ¡a trabajar!

—Sí, jefe... A propósito, ¿cómo va la vida con la señorita Carolina Estévez?

—Todo marcha bien.

—Me alegra mucho que al fin haya encontrado la felicidad...

—Y a usted, ¿cómo le va con el tal Ricardo?

—Ricardo ya dejó de ser mi chófer —respondió Mariangela muy contenta—. Ahora consiguió un excelente trabajo como contador y gana cerca de ochocientos mil pesos...

—¿Y cómo se transporta ahora al trabajo?

—En unos carritos amarillos que llaman taxis —respondió con ironía—. Siempre voy con Marita. Bueno, con su permiso, jefe, como usted bien dice, tengo que trabajar...

Mariangela se retiró a su oficina y, al cerrar la puerta, se dejó vencer por el llanto amargo ante la supuesta indiferencia de Facundo. Pensar que alguna vez lo amó y que aquel sentimiento parecía haberse esfumado; lo que ignoraba era que Facundo seguía suspirando por ella, prisionero de un orgullo tonto que le impedía mostrar lo que verdaderamente sentía.

+++


Por otro lado, Carolina Estévez charlaba con su amiga Marcela:

—Dime, Marcela —comenzó Carolina—, ¿sabes algo de esa bastarda de Gisela?

—Sí, Carolina —contestó Marcela—. No se le ha visto nada turbio: vivió con su padre y con un hombre que la crio como tal y la reconoció legalmente... Incluso trabajó en una cadena de restaurantes llamada Bembos.

—¿Bembos? ¿Y qué es eso?

—Una cadena de hamburguesas; fue una empleada ejemplar muy querida por sus jefes.

—¿Pero estás segura de que no hay nada raro en su pasado?

—Su récord es intachable... Lo único curioso es que, al morir su madre, se vino rápidamente a Colombia.

—¿Y su padre adoptivo?

—Trabaja como estivador en el puerto y no tiene la menor idea de que Gisela está en Colombia.

—Hay que localizar a ese hombre —ordenó Carolina—. Seguro que nos puede servir de algo. Consíguemelo.

—Así lo haré. O a propósito, Carolina, ese amigo tuyo, Ricardo, resultó ser sumamente eficiente. Los libros de contabilidad eran un desastre total y él los puso en orden en tiempo récord; hasta descubrió algunas anomalías en las cifras. Estoy encantada con su desempeño. Mira, justo ahí viene...

En ese momento apareció Ricardo, luciendo un elegante traje y zapatos de cuero fino. Carolina sentía una profunda admiración por él, aunque hacía grandes esfuerzos por disimularlo y mostrarse indiferente. Sin embargo, por dentro ardía de celos, sobre todo cuando Marcela se acercó a Ricardo para darle un beso en la boca y confirmar abiertamente que eran novios.

+++

Mientras tanto, Karina recorría las librerías de la ciudad cumpliendo con su labor de mercaderista para la empresa de Facundo, cuando se tropezó de nuevo con Astrid.

—Hola, Karina, ¿cómo estás? —la saludó con dulzura—. ¿Te acuerdas de mí? Soy Astrid. ¡Caray, qué linda te ves con ese uniforme!

—Gracias, señora Astrid. ¿Se le ofrece algo?

—Más bien creo que el destino nos volvió a juntar. Quisiera invitarte a un café.

—En unos minutos tengo que seguir trabajando...

—No te preocupes, te espero y así veo cómo trabajas.

Karina la miró con cierta suspicacia, pero terminó aceptando. Más tarde, sentadas en una cafetería, charlaron largo y tendido sobre Christian, sobre Felipe y sobre los grandes sueños de Karina de convertirse en una estrella del pop. Ambas terminaron acordando asistir una noche a un concurso de aficionados; Karina decidió que iría acompañada por su tío-primo Ricardo. Astrid aceptó encantada, sin imaginar que en aquella velada Karina hallaría la oportunidad de su vida al interpretar el bolero La gloria eres tú.

CONTINUARÁ...



Comentarios