CAPÍTULO 36: AMORES POR ACCIDENTE

CAPÍTULO 36: AMORES POR ACCIDENTE

Karina tomaba café con Astrid sin sospechar que ella era su verdadera madre, a quien le habían hecho creer que había muerto.

—Entonces —dijo Astrid—, ¿vienes esta noche a la discoteca a la «Noche de aficionados»? Quién sabe, esta sea tu gran oportunidad.

—Pero —respondió la joven—, no me dejan salir sola. Tendría que ir con mi tío Ricardo.

—Por supuesto —aprobó Astrid—. No sería mala idea. No es peligroso, pero hay que cuidarse mucho.

—Voy a decirle a Felipe si quiere ir...

—Te gusta mucho ese muchacho, ¿no?

—Es que lo necesito para olvidar a Christian... Christian me ha hecho mucho daño y quiero apartarlo de mi vida, pero no puedo; mis pensamientos se aferran a él.

—Es difícil olvidar a alguien que se ha querido tanto.

—¿Usted se ha enamorado alguna vez, Astrid?

—Una vez creí haberme enamorado de un hombre, y hasta tuve una hija con él, pero...

—¿Qué pasó?

—No tiene importancia...

En ese momento intervino Felipe, y Karina se extrañó al verlo.

—¿Felipe? —exclamó—. ¿Tú aquí?

—Hola, Karina —saludó él—. Al parecer el destino quiere juntarnos. Siempre vengo a esta cafetería después de estudiar.

—¿Qué es lo que estás estudiando? —preguntó Astrid con curiosidad.

—Ingeniería de sistemas. Estoy en tercer semestre... ¡Y no es nada fácil! —respondió Felipe.

—Felipe —lo llamó Karina—, Astrid me ha invitado a ir a la «Noche de aficionados». ¿Quieres venir?

—Por supuesto —aceptó él, fascinado—. Sería un honor salir con muchachas tan divinas como ustedes.

Astrid y Karina sonrieron. Felipe contempló algo extrañamente familiar en las sonrisas de ambas, pero prefirió no decir nada.

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Mientras tanto, en el club social, Marcela presentó a Ricardo, su nuevo contador, como su novio ante Carolina Estévez, sin sospechar que esta última había tenido un romance con él en el pasado.

—Así es, Carolina —anunció Marcela con orgullo—, Ricardo es mi novio.

—¿Tan rápido? —exclamó Carolina con extrañeza—. ¡No lo puedo creer!

—Así es el amor, Carolina —replicó su amiga—. ¿No te alegras con la noticia?

—Bueno... —respondió con una mezcla de desenfreno y frustración—, me alegro mucho. Te felicito.

—¿Cómo te va con Facundo, Carolina? —inquirió Ricardo.

—Muy bien, gracias —respondió ella de manera esquiva.

En ese instante le avisaron a Marcela que tenía una llamada importante y tuvo que retirarse, dejando solos a Carolina y a Ricardo. Antes de irse, Marcela y Ricardo se despidieron con un beso en la boca, lo que encendió aún más la furia de Carolina.

—¿Con qué derecho te atreves a jugar con los sentimientos de mi amiga? —le reclamó a quemarropa en cuanto se quedaron solas—. ¡Tú no la quieres!

—¿Acaso tú sí quieres a Facundo?

—¡Eso es muy diferente!

—No me cambies la conversación... Dime: ¿acaso tú también quieres a Facundo?

—Pues sí, claro que lo quiero...

—Pues no lo parece, porque si no, no te habría molestado tanto que me comprometiera con Marcela. Ella es una gran muchacha y creo que me haría muy feliz estar a su lado.

—¡Tú no quieres a Marcela! ¡Tú solo estás detrás de su dinero!

—No me compares contigo, Paola Carolina. ¿No será que estás celosa de que yo esté con Marcela? ¡Confiesa!

—¡No te voy a decir nada! ¡Te odio y te detesto!

—Dicen que del odio al amor hay un solo paso... Pero no te preocupes, estoy dispuesto a olvidarte, porque me he dado cuenta de que eres una mujer superficial que no sirve para nada; y, aunque te duela, seré muy feliz junto a Marcela.

—¡Sobre mi cadáver! ¡Voy a evitar que Marcela y tú sean felices!

En ese preciso momento regresó Marcela y le dio otro beso en la boca a Ricardo. Carolina trató de mantener la compostura, pero estalló:

—¡Espera, Marcela! ¡Tú no puedes amar a este hombre!

—Pero ¿por qué dices eso, amiga?

—¡Porque... ha trabajado como taxista! ¡Es un mumuerto de hambre!

—Sí, lo sabía —respondió Marcela con absoluta tranquilidad, mientras volvía a besar a Ricardo—, pero no me importa.

Carolina, incapaz de contener la rabia, dio media vuelta y se marchó muy enojada. En el pasillo se topó con Facundo.

—Carolina, mi amor, ¿te sucede algo? ¿Por qué estás tan molesta?

—Nada, mi vida —trató de calmarse ella con torpeza—. Es que no puedo creer lo de Marcela...

—¿Marcela? ¿Qué pasa con ella?

—Se acaba de ennoviar con ese tal Ricardo, el que fue chófer de Mariangela... ¿Puedes creerlo? ¡Se ha comprometido con un simple chófer y, para colmo, lo pone a trabajar en su propia empresa como contador!

—Bueno, y a ti, ¿por qué te molesta tanto?

—Es que... ¡ella no puede enamorarse del tal Ricardo! ¡No puede!

—Cada quien es libre de enamorarse de quien le convenga; en el amor no se manda. Pero por favor, mi amor, no te ofusques más y deja tranquila a tu amiga. ¿Qué te parece si nos vamos a nadar a la piscina? Anda, quita esa cara de enojada...

—Está bien, mi amor —cedió ella.

Ambos se dirigieron a los vestidores para prepararse para la piscina, aunque Carolina no lograba disipar la amargura de saber que Ricardo estaba con Marcela.

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Esa misma noche, en un club nocturno, Lucio se encontraba bebiendo en la barra cuando se le acercó Beatriz, caminando de forma coqueta y luciendo un atrevido vestido de escote pronunciado y minifalda.

—¡Quiubo, Lucio! —lo saludó—. ¡Qué milagro encontrarte por aquí! ¿Y dónde está tu esposa?

—Se quedó trabajando en el restaurante, además tenía que cuidar a los niños.

—¿Bailamos esta pieza?

—Mmmm... claro que sí —respondió él con mirada cómplice.

Lucio sacó a bailar a Beatriz al ritmo de un conocido tema de Juanes.

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 Al otro lado del local, en simultáneo, hacían su ingreso Ricardo con Marcela, y Karina acompañada por Felipe y Astrid, ignorando por completo la cercanía de Lucio y su amante.

—¡Qué chévere! —exclamó Karina emocionada—. ¡Las luces, la música...! ¡Todo es hermoso!

—No te separes de mi lado, Karina —le advirtió Ricardo—. ¡Aquí hay mucha gente indecente y borracha!

—Hazle caso a tu tío, Karina —apoyó Marcela—. La verdad tiene razón.

—Bueno, creo que deberíamos buscar una mesa, ¿no? —sugirió Felipe.

Una vez sentados, llamaron al mozo para ordenar unos tragos. Minutos después, Felipe invitó a bailar a Karina, y Marcela hizo lo propio con Ricardo, dejando un momento sola a Astrid. En ese instante, una mujer se acercó a saludarla:

—¡Astrid! ¿Cómo has estado?

—¡Hola, Yoli! Estoy muy bien. Vine acompañada de unos amigos... ¿Cómo va todo en la disquera?

(* Ella es Yoli *)

—Todo marcha bien. Seguimos a la caza de nuevos talentos, y creo que la «Noche de aficionados» es la oportunidad perfecta...

—Claro que sí, porque quiero que escuches a una chica que canta como los ángeles...

—Habrá que escucharla, aunque no quiero hacerme muchas ilusiones; ya me ha pasado antes.

Terminada la canción, todos volvieron a sus asientos y Astrid presentó a Yoli con el resto del grupo. Poco después, Karina pidió permiso para ir al tocador, y fue allí donde se cruzó cara a cara con Lucio.

—¡Lucio! —exclamó sorprendida—. ¡Qué milagro verte por aquí! ¿Viniste con tu esposa?

—No, ella se quedó trabajando en el restaurante. A esos sitios no va. Y tú... ¿con quién viniste?

—Vine con Felipe.

—¿Felipe está aquí? —preguntó Lucio, alterado y asustado.

—Sí, claro, vino a acompañarme... ¡La verdad es que tu hermano es todo un caballero!

En ese exacto momento apareció Beatriz y le plantó un beso en la mejilla a Lucio, dejando a Karina estupefacta.

—Hola, mi amor. Y ella... ¿quién es? —preguntó Beatriz con suspicacia.

—Este... ella es... ejem... una amiga de mi hermano Felipe... Karina Duarte...

—Mucho gusto —saludó Beatriz, extendiéndole la mano a una Karina todavía perpleja—. Yo soy Beatriz.

—Igualmente... —balbució la joven antes de alejarse rápidamente, descolocando por completo a Lucio, quien salió corriendo detrás de ella.

—¡Espera, Karina! Déjame explicarte...

—La verdad no entiendo nada —le reprochó ella—. Te veía felizmente casado con una gran mujer, ¿y ahora te encuentro besándote en la boca con cualquiera?

—Por favor, te lo suplico, no le vayas a decir nada a nadie... —imploró Lucio, desesperado—. Ni a Felipe ni a mi esposa.

—Eso no me corresponde a mí.

En ese momento apareció Felipe para avisarle a Karina que el concurso estaba por comenzar. Las luces del escenario se encendieron y el maestro de ceremonias dio la bienvenida oficial a la «Noche de aficionados». Poco a poco fueron subiendo los participantes: algunos con grandes voces y otros profundamente desafinados, como cierta joven que intentó cantar Yesterday.

El presentador animó al público a subir a alguien más, y todos comenzaron a presionar a Karina hasta que, con timidez, ella aceptó y caminó hacia el escenario. El público la recibió con aplausos, y el animador la presentó con entusiasmo:

—¡Con ustedes... Karina Duarte! ¡Y nos va a interpretar... La gloria eres tú!

Los músicos empezaron a tocar, y Karina comenzó a cantar con su voz dulce y melodiosa, cautivando de inmediato a Felipe, a Astrid —quien la miraba con un orgullo inmenso— y al resto de los presentes:

—Eres mi bien, lo que tenía extasiado... ¿por qué negar que estoy de ti enamorada?... de tu dulce alma que es toda sentimiento...

En un rincón apartado, Lucio observaba junto a Beatriz.

—¡Bah! ¡Me parece poca cosa! —bufó Beatriz cruzándose de brazos.

—Shhh —la calló Lucio, completamente hipnotizado—. Déjala escuchar... la verdad es que canta muy bonito esa chica...

Karina continuaba interpretando la melodía con el alma, cuando de pronto ingresaron al local Christian y Gisela. Al escucharla, Gisela se emocionó de inmediato:

—¡Mira! ¡Es Karina cantando!

Christian se quedó inmóvil, mirándola con profunda ternura, mientras la voz de Karina seguía llenando el lugar:

—...¡Bendito Dios, porque al tenerte ya en vida, no necesito ir al cielo tisú!... ¡Si alma mía... la gloria eres tú!

El local entero se puso de pie para aplaudir de manera incesante a Karina, quien no cabía en sí de felicidad. Lucio y Christian aplaudieron con tanta fuerza que terminaron despertando las sospechas de sus respectivas parejas.

—¡Karina! —se acercó a felicitarla Yoli, la amiga de Astrid—. ¡Cantas hermoso! ¡Eres exactamente lo que necesitamos y creo que tienes todo para convertirte en una estrella del pop! Aquí tienes mi tarjeta, luego hablamos...

Karina estaba radiante. Por fin iba a cumplir el gran sueño de su vida. Abrazó con fuerza a Felipe, a Astrid y a su tío Ricardo, incapaz de ocultar la inmensa dicha que sentía en ese momento.

CONTINUARÁ...

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