CAPÍTULO 38: AMORES POR ACCIDENTE


CAPÍTULO 38: AMORES POR ACCIDENTE

En la fábrica de Facundo, el encargado que preparaba los almuerzos renunció a su cargo, pero, afortunadamente, Lucio, el amigo de Karina, logró sustituirlo con éxito y cocinó para todos los treinta empleados en un santiamén.

—¡Uau! —exclamó Karina, sorprendida—. ¿Todo eso lo preparaste tú? ¡No puedo creerlo!

—Fue fácil —dijo Lucio—. Me dieron las instrucciones por teléfono y, afortunadamente, tenía la cantidad necesaria para preparar todo esto. ¿Qué tal?

—Muy bien, muchacho —dijo Facundo—. Según lo acordado por teléfono, he visto tu empeño, honestidad y trabajo arduo. No hace falta decirte que tienes el trabajo. A partir de ahora, eres el encargado de traer el almuerzo a la fábrica.

—Gracias, Don Facundo —dijo Lucio, estrechando fuertemente las manos de Facundo, mientras miraba a Karina, quien sonreía coquetamente—. Bueno, espero que nos prepares una comida tan rica como esta.

En ese momento, ingresó Carolina:

—Facundo...

Facundo volteó en dirección a Carolina:

—¡Carolina, mi vida! —exclamó Facundo—. ¡Vamos a almorzar!

—¿Aquí? —exclamó Carolina, indignada.

—¡Claro que sí!

—Yo pensaba que íbamos a ir a un restaurante... Tenía ganas de comer sushi o algo así.

—La verdad, yo prefiero comer algo más criollo... —dijo Facundo—. Mira, te presento a Lucio, nuestro nuevo cocinero...

Lucio se limpió las manos y le extendió la mano a Carolina, pero ella apenas la recibió con desprecio:

—Mucho gusto, Lucio Rodríguez, a sus órdenes...

—Carolina Estévez... —dijo Carolina en tono esquivo, midiéndolo de arriba a abajo, antes de mirar a Facundo—. Mi amor, no sé cómo decirte esto... Lo que pasa es que acabo de hacer las reservaciones...

—Puedes cancelarlas...

—No se pueden cancelar —dijo Carolina—. Lo siento. Tendremos que aprovecharlas... ¿Vamos?

—Mmm... —dijo Facundo, y se dirigió a Lucio—: ¿Me guardas la comida?

—Sí, claro, jefe —dijo Lucio—. No faltaba más. ¡Le voy a seleccionar lo mejor que tenemos aquí!

+++

Facundo se retiró con Carolina, quien le hizo un gesto sarcástico a Karina y a Lucio. En el pasillo, Facundo y Carolina se encontraron con Mariangela. Apenas la vieron, Facundo la miró seriamente, mientras que Carolina, a espaldas de él, le hizo un gesto burlón y sarcástico. Sin embargo, no pasó a mayores y Carolina continuó su camino con el jefe, mientras Mariangela se reunía con los demás empleados en el comedor.

Mariangela se sentó junto a Marita y Karina:

—¡Uf! —exclamó Karina—. ¡Qué mal me cae esa Carolina Estévez, y mucho más después de enterarme de que es la mujer por la que mi tío Ricardo sufrió tanto! ¡No deja tranquilo a Don Facundo! ¡Imagínense, el jefe quería almorzar con nosotros y ella no lo dejó sentarse aquí, diciendo que tenía reservaciones en un restaurante!

—Mariangela —dijo Marita—, ¡no debes dejar que esa estirada te quite al amor de tu vida! ¡Tú vales mucho más que esa... tipo de persona!

—Tienes razón, Marita —dijo Mariangela—. La verdad, sufro al ver a Facundo con esa mujer... pero, si es la que él quiso, entonces yo no puedo hacer nada.

—¡Bah! —dijo Marita—. ¡El jefe no quiere a Carolina, solo está encandilado con los coqueteos de esa gansa! ¡La verdad, la cirugía plástica hace milagros porque esos implantes le quedan muy bien a la tal Carolina!

—Se nota que es más plástica que humana —dijo Karina—. ¡Tú eres mucho mejor, Mariangela!

—Gracias, muchachas... —dijo Mariangela, arrojando la servilleta mientras se levantaba de la mesa—. Tienen razón. ¿Y qué estamos haciendo aquí? ¡Vámonos ahora mismo!

—¿A dónde vamos, Mariangela? —preguntaron Marita y Karina.

—¡A comer sushi! —exclamó Mariangela, decidida.

Marita y Karina se miraron entre sí, extrañadas.

Averiguaron a qué restaurante se dirigían Facundo y Carolina. Entraron a un baño para perfumarse, peinarse, retocarse el maquillaje y ponerse lápiz labial, y luego tomaron un taxi que las llevó a aquel establecimiento japonés ubicado en el Parque de la 93, en plena Zona Rosa. Al llegar, el anfitrión les preguntó si tenían reservación, a lo que respondieron que sí, buscando la mesa del señor Facundo Altamirano.

Mientras tanto, en su mesa, Carolina disfrutaba del ambiente:

—¡Mmm! ¡Se me hace agua la boca, Facundo! —dijo Carolina—. ¿Te gusta el sushi?

—Sí, claro, me gusta cuando viene enrollado con arroz...

—Qué maravilloso es estar aquí, los dos solitos, sin que nadie nos moleste...

—Si tú lo dices, Carolina... Bueno, ¿quieres un sake?

—Un poquito —respondió Carolina en tono coqueto—. La verdad es que no me gusta mucho el licor. Más bien, preferiría que me sirvieras un poquito de té; es bueno para bajar la comida.

Facundo le sirvió el té:

—Gracias, Facundo —dijo Carolina, mirándolo con una expresión devoradora mientras, por debajo de la mesa, se quitaba el zapato de tacón para acariciar suavemente la rodilla de él. Facundo intentaba mantener la cordura ante los demás comensales del lugar.

En ese preciso instante, aparecieron Mariangela, Marita y Karina:

—¡Facundo! —exclamó Mariangela.

Facundo volteó sorprendido, mientras Carolina adoptaba una expresión de frustración e incomodidad.

—¡Mariangela! ¡Karina! ¡Marita! Pero, ¿qué están haciendo aquí?

—Este... —dijo Mariangela—, a Marita se le antojó comer sushi... Ella está loca por estas excentricidades.

—Pues han venido al sitio equivocado —dijo Carolina en tono pedante—, ¡porque no creo que con el sueldo que ustedes tienen puedan pagar la cuenta de aquí!

—Pues yo creo que sí podemos —respondió Mariangela—. Pero, ¿dónde quedó su hospitalidad, señorita Estévez?

Carolina se quedó seria y furiosa.

—Siéntense con nosotros —intervino Facundo—. Llamemos al mozo para que les traiga más sillas.

El mesero acudió con asientos adicionales y ellas se acomodaron. Marita y Karina intentaron pulir sus modales en la mesa. Carolina trataba de contener su ira, al tiempo que Mariangela se sentaba al lado de Facundo y le dedicaba coqueteos que hacían enfurecer aún más a Carolina.

—¡Guarda tus distancias con mi novio! —exclamó Carolina.

—¡Ups, perdón, señorita Estévez! —respondió Mariangela—. Pero no se enoje, que le hace daño al hígado.

Carolina se puso nerviosa, mientras Marita y Karina disimulaban la risa. Sin embargo, las sorpresas para Carolina no terminaban ahí: en ese momento ingresaron Marcela y Ricardo, tomados de la mano. Al verlos juntos, Carolina se puso aún más furiosa. Facundo también se sintió incómodo al percatarse de la presencia de Ricardo, pero procuró mantener la compostura.

—¡Carolina, Facundo! ¡Qué milagro encontrarlos por aquí! —saludó Marcela—. ¡Qué tal, Mariangela!

—¡Tío! —exclamó Karina—. ¡Vienes a comer sushi con nosotros!

—¡Vaya, Karina, qué sorpresa encontrarte aquí junto con Marita y Mariangela! —dijo Ricardo.

—Así es —apuntó Marita—. A Mariangela se le antojó comer sushi...

—¡Es que me fascina la comida oriental! —exclamó Mariangela.

—Mi amor —susurró Marcela al oído de Ricardo—, vamos a nuestra mesa. Con permiso, los demás.

Ricardo y Marcela se sentaron cerca. Carolina no les quitaba los ojos de encima, consumida por los celos al verlos tomados de la mano, sin prestarle atención ni a Facundo ni a los demás. Rato después, sirvieron los platos, pero Carolina seguía con la vista fija en la otra mesa.

—Carolina, mi amor, ya llegó la comida. ¿Te pasa algo?

—Nada, mi amor... No pasa nada. ¿Comemos?

Karina tenía problemas para comer el rollo de sushi: intentó usar el cuchillo y el tenedor, pero la pieza se desarmaba por completo.

—¡No, tontita! —exclamó Carolina, indignada—. ¡Se come todo de un solo bocado!

—¿De uno solo? —dijo Karina con extrañeza—. Bueno... —Tomó el tenedor, atravesó un rollo de sushi entero, se lo metió a la boca y comenzó a moverla con dificultad para intentar masticarlo.

—No, Karina —le advirtió Mariangela—. Mastica despacio, que te vas a atragantar... Así, con calma...

Carolina la miró con indignación y desdén, y le sugirió que probara la salsa verde. Karina tomó un poco con los palillos y... ¡Aaaaaah! ¡Picaba tanto que tuvo que beberse tres vasos de agua seguidos! Carolina soltó una risa sádica, mientras Facundo la miraba con amargura. Una vez pasado el ardor, Karina se tranquilizó y continuó comiendo.

—¿Y te gustó el rollo de sushi? —preguntó Carolina en tono sarcástico.

—Sí, me gustó —contestó Karina—, pero no les recomiendo esa salsa verde... Además, ¡prefiero mi sobrebarriga con mis arepitas y una mazorquita asada! ¡Mmm! ¡Qué rico!

—De acuerdo contigo —apoyó Facundo—. ¡Me fascina la mazorca asada! ¡Es mi plato favorito! Conozco un lugar donde la preparan bien tiernita. La próxima vez vamos allá.

—Gracias, Don Facundo —respondió Karina, sonriente.


En ese instante, Carolina volteó hacia la mesa de Ricardo y Marcela, quienes reían y compartían miradas cómplices. Indignada, Carolina se levantó de su asiento, arrojó la servilleta y caminó directamente hacia ellos.

—¡Pero qué se han creído ustedes, ah! —exclamó furiosa—. ¡No saben que estamos en un sitio público!

—¿Qué te pasa, Carolina? —preguntó Marcela, extrañada—. Ricardo y yo no estamos haciendo nada malo...

—¡Pues este tipo no te conviene, Marcela! —chilló Carolina—. ¡Es un don nadie!

—¡Carolina! —intervino Ricardo—. ¡Te ruego que no hables así de mí! ¡Tanto Marcela como yo tenemos derecho a estar juntos y formar una relación!

—¡Tú no puedes querer a nadie, Ricardo! —gritó Carolina—. ¡No puedes!

—¡Lo nuestro es cosa del pasado... Paola! —sentenció Ricardo—. ¡Aquellas noches en San Andrés son historia olvidada!

—¡Nooooo! ¡Nooooo! —gimió Carolina.

Marcela se quedó impávida ante la revelación, mientras Facundo y los demás miraban a Carolina perplejos. Avergonzada y rota en llanto, Carolina dio media vuelta y salió corriendo del restaurante. Guiado por un impulso difícil de contener, Ricardo se levantó y corrió tras ella, mientras Mariangela observaba la escena.

—Pero... ¿qué le pasa a Carolina? —preguntó Facundo con desconcierto.

—Facundo... —explicó Mariangela—, Ricardo y Carolina fueron novios hace tiempo en San Andrés, y se acaban de reencontrar.

Afuera, Carolina intentaba consolarse en un rincón cuando Ricardo la alcanzó:

—Paola Carolina —le dijo—, ¿por qué eres así? ¿Por qué tienes que arruinar mi vida justo ahora que he encontrado la felicidad?

—No lo sé... —balbució ella—. Aún no puedo explicar mi reacción. Perdóname.

Carolina se secó las lágrimas y regresó a la mesa con Facundo para pedirle que se retiraran juntos.

CONTINUARÁ...

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