CAPÍTULO 40: AMORES POR ACCIDENTE
Carolina está perpleja tras encontrarse con Alejandrina, la mujer a quien sus padres entregaron su hijo en adopción por no estar de acuerdo con su relación con Ricardo, ocurrida hacía siete años. Aunque no tuvo contacto directo con la madre adoptiva de su hijo, Carolina se las ingenió (con la ayuda de una amiga) para buscarla y conocerla, hasta que un buen día logró tener algunos encuentros con ella fingiendo ser una «nueva» amiga, solo con la intención de conocerla. Por eso sabía quién era Alejandrina, pero esta última ignoraba por completo la identidad de Carolina.
Mientras Carolina se lamentaba en un rincón por aquel encuentro con Alejandrina y los fantasmas de su pasado, Alejandrina platicaba con Facundo en el vestíbulo del club social:
—Alejandrina, ¿dónde está tu hijo?
—¡Ay, mi gordito! ¡Se quedó jugando con sus amiguitos, navegando por la web, en el ciber-café de aquí! ¡Yo pasé un ratico por si me encontraba con alguien! Pero dime, Facundo, ¿cómo han estado los negocios?
—Muy bien, no puedo quejarme.
En ese momento, el recepcionista le pidió a Facundo su tarjeta de crédito. Él la buscó por todas partes, pero no la encontraba en ningún sitio y comenzó a desesperarse:
—¡Qué curioso! —dijo revisando su cartera—. Estoy seguro de que la tenía por aquí.
Mientras tanto, en el rincón donde estaba Carolina, alguien la llamó por la espalda. Eran Mariangela y su amiga Marita:
—¡Yuuujuuu! —dijo Marita—. ¡Qué hubo, Carolina! ¿Qué más?
—¿Ustedes qué hacen aquí? —exclamó Carolina con indignación.
—Venimos a entregarle a Facundo su cartera, que se le perdió —dijo Mariangela—. ¿Sabes dónde está?
—Está en el vestíbulo —respondió Carolina—. Dámela, yo se la entrego.
—No —replicó Mariangela—. Es justo y necesario que se la entregue yo misma.
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Entonces, Carolina se dirigió junto con Mariangela y Marita hacia el vestíbulo donde estaba Facundo con Alejandrina. Mariangela se acercó y le extendió la cartera:
—¡Facundo! ¿Buscabas esto?
—¡Oh, sí! —dijo él, mirándola a los ojos con ternura—. Muchísimas gracias, Mariangela. Pero dime, ¿cómo viniste hasta aquí?—Tomamos un taxi —explicó ella—. Primero dejamos a Karina en su casa y después fuimos a tu apartamento, pero no estabas. Entonces a Marita se le ocurrió que tal vez te encontraríamos en el club... ¿Este es el club? Pues es muy bonito y acogedor.
—Pero, ¿cómo pagaron el taxi? —preguntó Facundo con preocupación—. Les habrá salido muy cara la tarifa.
—De eso ni te preocupes —respondió Mariangela—. Carolina se ha ofrecido a pagar el viaje completo, ¿verdad, Carolina?
—¿Yo...? —atinó a decir Carolina, pasmada.
—Sí, claro —añadió Marita—. El taxi está afuera esperando el pago. Vamos, te acompaño.
—Bueno, gracias, Carolina —dijo Facundo—. Eso no me lo esperaba de ti, te felicito.
Marita tomó del brazo a una furiosa Carolina y la arrastró fuera del vestíbulo. En tanto, Alejandrina observó a Mariangela y le preguntó a Facundo:
—Facundo, ¿quién es esta muchacha?
—Alejandrina —respondió él—, te presento a Mariangela García, nuestra gerente de ventas.
Mariangela le tendió la mano a Alejandrina, quien apenas se la rozó con desprecio:
—¿Conoces el club, Mariangela? —preguntó con soberbia.
—La verdad que no —contestó ella con elegancia—. No he tenido la oportunidad.
—Yo te lo muestro —se ofreció Facundo mientras la tomaba del brazo—. Eres mi invitada especial, ¿vamos?
—Por supuesto que sí, Facundo —respondió Mariangela, acomodándose junto a él—. Eres muy amable.
Facundo se registró en la recepción y presentó a Mariangela como su invitada de honor, mientras Alejandrina se retiraba para buscar a su hijo en el café internet del club.
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Mientras tanto, en el restaurante peruano de Lucio, este regresaba de entregar los almuerzos en la fábrica de Facundo y le daba la buena noticia a su esposa, Rebeca:
—¡Mi amor! ¡Ya tengo chamba! ¡Ahora soy el encargado oficial de los almuerzos en la fábrica del jefe de Karina!
—¡Ya lo sabía! —respondió Rebeca—. Me acaba de llamar Caty... Ella trabaja allí, ¿no?
—Sí, claro... —respondió Lucio sintiendo que se le helaba la sangre.
—¡Ay, cholito! ¡Qué cansada estoy! ¡He trabajado hartísimo y necesito un descanso!
—Anda a descansar, cholita —la animó él—. ¿Por qué no te vas a Salitre Plaza? Allá está mi hermano Felipe con su enamorada, seguro se podrían encontrar.
—No es mala idea, pero ¿quién cuida a los niños y el restaurante?
—Yo me encargo, no te preocupes.
—Debes estar muy cansado...
—¡Para nada! ¡Me siento fuerte como un roble!—Está bien, pero después no te quejes de que no tienes tiempo...
—Tranquila, anda al centro comercial.
Rebeca cogió su bolso, se arregló un poco y tomó un taxi rumbo a Salitre Plaza. Casi al mismo tiempo, Caty ingresaba al restaurante:
—¿Se fue tu esposa? —preguntó abrazando cariñosamente a Lucio.
—Se acaba de ir hace un ratito —respondió él—. Fue hacia Salitre Plaza, por si quieres alcanzarla...
—Prefiero quedarme aquí... contigo —respondió ella en tono coqueto, haciendo un puchero.
—Cuidado, nos pueden ver los empleados.
—Descuida, Lucio, pero no puedo negar que me gustas mucho... —dijo estrechándolo más.
—¿Por qué no vas mejor a Salitre Plaza? —insistió Lucio apartando los brazos de ella—. Allá está mi hermano Felipe.
—¿Tu hermano? —dijo abriendo los ojos con emoción—. ¡Pues allá voy! ¡Chaito!
Y la coqueta Caty salió corriendo del local.
+++
En el centro comercial Salitre Plaza, Karina caminaba feliz de la mano de Felipe mientras disfrutaban de unos conos de helado:
—¡Qué rico! Gracias por el helado, Felipe.
—De nada, hermosa —respondió él con una sonrisa.
—La verdad la estoy pasando muy bien contigo...
Los dos continuaban su recorrido sin sospechar que muy cerca de allí se encontraba Caty, quien ya le había echado el ojo a Felipe y estaba dispuesta a conquistarlo a toda costa.
Por su parte, Rebeca caminaba por los pasillos y entró a una tienda de discos donde atendía Beatriz, sin imaginar que esta última era la amante de su propio esposo:
—¿Tiene algo de Alberto Plaza? —preguntó Rebeca.
—Sí, claro, justo nos acaba de llegar este álbum —respondió Beatriz—. Es muy bueno.
—¡Me encanta! A propósito, ¿cuánto cuesta?
—Treinta mil pesos.
—¡Pucha, qué caro! ¿No hay ninguna rebajita?
—Lo siento, es precio fijo de lista.
—Bueno, creo que igual lo voy a comprar... ¡Tiene unas letras hermosas!
—¡A mí también me encanta! De hecho, mi novio me regaló uno de sus discos para el Día del Amor y la Amistad.—Se nota que estás muy enamorada.
—¡Ay, sí! Mi novio es muy especial, tan lindo y encantador... Además es peruano.
—¿Peruano? ¡Yo también soy peruana! ¿De qué parte es?
—De Lima, la capital. Siempre me dice para ir a Perú y conocer, pero nunca se ha dado la oportunidad.
—Te va a encantar, allá te tratarán como a una reina.
+++
En ese instante sonó el celular de Beatriz. Al contestar era Lucio, sin sospechar que su esposa estaba justo al lado:
—¡Mi amor! ¡Fíjate que acabo de conocer a una muchacha peruana igual que tú! —dijo Beatriz a través del teléfono.
—Hola, mi amor —respondió Lucio desde la otra línea—. Disculpa la molestia, pero necesitaba hablar contigo y escuchar tu voz... y perdóname por lo que pasó el otro día en la discoteca.
—No te preocupes por eso. ¿Cómo va el trabajo?
—Mucho ajetreo, pero apenas tenga un tiempo libre saldremos juntitos... ¡Muah! Te quiero mucho.
—Yo también te quiero... ¡Muah!
Beatriz colgó el teléfono y continuó conversando con Rebeca:
—Era mi novio, cada día lo quiero más.
—Qué bueno escuchar eso... Mira, esta es la tarjeta del restaurante que tengo con mi esposo —dijo Rebeca entregándole un cartón impreso—. Llámame y a lo mejor salimos los cuatro: tú, tu novio, mi esposo y yo.
—Claro que sí, anota mi número también —respondió Beatriz.
Rebeca sacó su agenda para apuntar el teléfono y, al leer los dígitos, experimentó una extraña sensación de familiaridad: era exactamente el mismo número que su esposo tenía guardado en sus contactos bajo el apodo de «Beto». Ambas se despidieron cordialmente acordando una futura salida.
+++
Al salir de la tienda, Rebeca se tropezó de frente con Karina, Felipe y Caty:
—¡Qué sorpresa tan grande encontrarme con ustedes! —exclamó.
—¡Hola, Rebeca! —saludó Felipe—. Estamos haciendo tiempo porque ya va a empezar la función de cine. ¿Quieres venir con nosotros?
—¡Por supuesto que sí! ¿Qué van a ver?
—Una película de monitos animados —respondió Karina con entusiasmo.Compraron las entradas y entraron a la sala oscura. Aprovechando la penumbra y que Karina estaba distraída comiendo palomitas de maíz y mirando la pantalla, Caty se deslizó disimuladamente hacia el asiento de al lado, rozando la pierna de Felipe y acariciándole la mano. Él se dio cuenta de inmediato, se levantó con discreción y se dirigió al baño. Caty fue tras sus pasos y lo interceptó en el pasillo:
—Caty, por favor, date cuenta. Yo quiero y respeto a Karina —le advirtió Felipe con firmeza—, y no quiero tener problemas con ella.
—¿Para qué vas a perder el tiempo con una inmadura como Karina —dijo ella abrazándose a su torso—, pudiendo estar al lado de una mujer hecha y derecha como yo?
—Caty, guárdate tus distancias, ¿de acuerdo? A Karina la quiero y no pienso verla sufrir por caprichos.
Felipe se apartó y la dejó sola. Con una sonrisa malévola reflejada en el rostro, Caty susurró para sí misma: «Ya caerás, Felipe... ya caerás».
Minutos después, Felipe regresó a la sala de cine, se sentó junto a Karina y la abrazó con ternura, sellando el momento con un beso que demostraba la sinceridad de su amor.
CONTINUARÁ...









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