CAPÍTULO 41: AMORES POR ACCIDENTE

 CAPÍTULO 41: AMORES POR ACCIDENTE

En un rincón del vestíbulo del cine, Caty estaba convencida de que conquistaría a Felipe a toda costa para quitárselo a la dulce Karina, tal como lo había hecho antes con Christian, el exnovio de la joven. Mientras tanto, un poco ofuscado, Felipe compró palomitas de maíz y regresó a la sala para sentarse junto a Karina, quien a su vez estaba al lado de Rebeca, la esposa del hermano de Felipe.

—Felipe —le dijo Karina en voz baja—. ¿Dónde estabas? Fíjate que la película está buenísima.

—Disculpa, Karina —respondió él, algo nervioso—. Me encontré con un amigo afuera... ¿Quieres palomitas?

—No, gracias, Felipe —contestó ella con dulzura.

—¡Yo sí quiero! —intervino Rebeca, tomando un puñado grande mientras miraba atentamente la pantalla—. ¡Esta película está buenísima!


Felipe se quedó pensativo.

—¿Te pasa algo, Felipe? —preguntó Karina.

Felipe se giró y contempló el dulce rostro de Karina, iluminado por el resplandor de la pantalla del cine, y se enterneció por completo.

—Nada... no pasa nada —respondió mirándola con ternura.

—¡Shhhhh! —exclamó Rebeca—. ¡Cállense, que no dejan escuchar la película!

—Disculpa, Rebeca —se disculpó Felipe.

—No te preocupes... cuñado —respondió ella con naturalidad.

Caty ingresó a la sala de cine y se sentó en las últimas filas, todavía tramando cómo quitarle el novio a Karina.

Al terminar la función, todos salieron con cuidado de la sala.

—¿Te gustó la película, Karina? —preguntó Felipe con fascinación.

—¡Muy linda! —exclamó ella muy dichosa—. ¡Gracias por invitarme, Felipe!

—¡Vaya! —intervino Rebeca—. ¡Me huele a que aquí hay alguito muy bonito! ¡Bien por ustedes! Oye, Felipe, no has podido escoger a una muchacha mejor, ¡te felicito! ¡Espero que sean muy felices!

—Gracias, Rebeca, pero la verdad... ejem... —balbució Felipe—. Karina y yo... no somos novios...

—¡Oye! —exclamó Rebeca—. ¿Y qué esperan entonces? ¡Hacen una pareja hermosa!

Felipe tomó con suavidad la mano de Karina:

—Karina, entonces... ¿quieres ser mi novia?

Karina lo miró fijamente a los ojos, pero de pronto su rostro se llenó de angustia y desesperación. Una lágrima resbaló por su mejilla y se cubrió la cara con las manos.

—¿Te pasa algo, Karina? —preguntó Felipe preocupado.

—Yo... no puedo... ejem... ser tu novia, Felipe... Lo siento.

—Pero, ¿por qué? ¡Ah, ya sé! ¿Lo dices porque no está enfrente de tu familia? ¿Es eso?

—No es por eso... Es que simplemente no puedo aceptar tu propuesta. Lo siento.

—¿Es por Christian? —preguntó Felipe con seriedad.

Karina se quedó enmudecida y decidió retirarse rápidamente de la sala. Felipe intuyó entonces que era verdad: Karina aún no había podido olvidar a Christian. Muy cerca de allí, Caty escuchó todo y celebró de manera frívola.

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Mientras tanto, Christian se dirigía al apartamento de Gisela después de asistir juntos a su entrenamiento.

—Gracias por acompañarme, Gisela —le dijo él.

—Más bien tienes que agradecerle a tu entrenador por dejarme estar ahí.

—Sí, claro... ¡Uf, qué cansado estoy!

—Quítate las zapatillas y recuéstate en el sofá —le sugirió Gisela—. ¿Quieres alguito de tomar?

—Está bien.

Gisela fue a la cocina mientras Christian se descalzaba, se recostaba en el sofá y se quedaba dormido al instante. Poco después, ella regresó con un refresco y, al verlo dormido, tomó una cobija para cubrirlo con delicadeza, dándole un tierno beso en la mejilla muy enamorada.

En ese momento se escuchó que abrían la puerta. Gisela preguntó quién era y, al abrirse por completo, ingresó su padre, Facundo, acompañado por Mariangela y Marita.

—¡Papi! —exclamó Gisela abrazándolo—. ¡Qué bueno que vienes!

—Hola, mi amor. Mira a quién me encontré en el club...

Mariangela entró a saludar:

—Hola, Gisela.

—Hola —respondió ella en un tono bastante indiferente.

—¿Has visto a mi hermano Christian? —preguntó Mariangela.

—Sí —contestó Gisela—. Está durmiendo, así que no lo despierten porque ha tenido un día muy agitado.

—Claro... Bueno, él siempre anheló jugar fútbol profesional y finalmente logró cumplir su sueño. ¡Bien por él!

—Bueno —intervino Marita—, al menos se fue a un equipo que me gusta.

—¿Cómo van las cosas en el trabajo? —cortó Gisela, obviando el comentario de Marita.

—Bien, gracias, hijita —respondió Facundo—. Hoy la cosa estuvo tranquila, así que fuimos a un restaurante japonés a comer sushi y después pasamos un rato al club...

—¿Fuimos? No me digas que fuiste con...

—Me encontré con Mariangela y Marita —explicó Facundo—. Primero en el restaurante y luego en el club, ¡como si el destino nos quisiera juntar!

—Yo creo que fue premeditado —murmuró Gisela—. Las casualidades no existen.

—Bueno, creo que ya nos vamos, Facundo —dijo Mariangela mirándolo fijamente a los ojos—. Gracias por este maravilloso día.

—De nada, Mariangela —respondió él con fascinación—. Pero no me digas que te vas tan rápido...

—Así es, Facundo, mañana hay que madrugar. ¿Me podrías pedir un taxi?

—¡Cómo van a ir en taxi! —protestó Facundo—. ¡Hamilton puede llevarlas! Por favor, no insistan...

—Está bien —cedió Mariangela—. Voy a despertar a Christian...

—¡No lo hagas! —intervino Gisela alarmada—. ¡El pobrecito ha estado muy cansado y necesita descansar!

—Puede seguir durmiendo en casa...

—¡Papi! —le reclamó Gisela a Facundo—. ¿Puede quedarse Christian aquí? Por favor...

—Está bien, hijita —aceptó él dándole un beso en la frente—. Él puede quedarse.

—Gracias, papito —sonrió Gisela.

—Entonces —concluyó Mariangela—, cuida mucho a mi hermanito, por favor.

—¡Ya, pues! —bufó Gisela—. ¿A poco crees que soy una inconsciente?

—Sé lo mucho que lo quieres, y por eso estoy tranquila.

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Mariangela se retiró junto con Marita y Hamilton, mientras Facundo conversaba a solas con su hija:

—Papi, ¿y dónde está Carolina Estévez?

—Se quedó en el club. Se encontró con unas amigas...

—Tan linda que es Carolina. Yo creo que deberías formalizar tu relación con ella... se ve que está loquita por ti.

—Al principio lo creía, pero ahora ya no lo sé.

—¿A qué te refieres, papito?

—A que creo que Carolina quiere a otro... un viejo amor que pensaba era asunto olvidado.

—Lo que sea, pero ella está contigo ahora y no deberías dejarla ir...

—En el amor no se manda, Gisela...

—¿Qué quieres decir?

—Que... a quien realmente quiero es a Mariangela.


Gisela exclamó indignada, aunque intentó ocultar su profunda frustración.


Mientras tanto, en el club, la bella Carolina Estévez nadaba en la piscina cuando de pronto se encontró con una visita inesperada.

—Hola, Carolina —le dijo Ricardo con seriedad.

Carolina se quedó impávida al verlo:

—Ricardo... pero... ¿qué estás haciendo aquí?

—Sabía que te encontraría aquí.

—Pero... ¿cómo te dejaron entrar al club?

—Marcela me inscribió como socio. ¿Por qué? ¿Te sorprende mi visita?

—Por supuesto que no... después de todo, ella es tu... amiga.

—Es una gran amiga y la quiero mucho.

—¿No me digas que te has enamorado de esa... Marcela?

—No le hables así. Ella no tiene la culpa de nada; es inocente. Pero dime, ¿por qué eres tan dura con ella?

—¡Qué cínico eres! ¡Tú no amas a Marcela!

—Eso es cierto, Carolina, pero la amaré mucho, te duela o no, y seré muy feliz a su lado.

—¡Tú no puedes ser feliz con ella! ¡No puedes!

—Lo nuestro fue asunto del pasado, Carolina. Mi presente es Marcela...

—¡No puedes amarla! ¡Tenemos un hijo! ¡Un hijo!

—Un hijo cuyo paradero nadie conoce...

—¿Y si te dijera que nuestro hijo está más cerca de lo que imaginas?

—¿Qué estás queriendo decir?

+++

En ese preciso instante apareció Alejandrina, quien reconoció a Carolina y la saludó:

—¡Qué hubo, Carolina! ¿Has visto a Facundo?

—Facundo regresó a su casa. Yo preferí quedarme un rato aquí descansando...

Alejandrina desvió entonces la atención hacia Ricardo y lo miró con curiosidad:

—¿Y él quién es? ¿Es amigo tuyo?

—No —intervino Ricardo—. Me llamo Ricardo Duarte, a sus órdenes.

—Es un placer —respondió ella fascinada.


En ese momento, un niño de siete años corrió hacia Alejandrina y la abrazó:

—¡Mami! ¡Mami!

—¡Qué hubo, mi amor! ¿Cómo has estado? ¿Has estado chateando con tus amiguitos? Quiero presentarte a unos amigos: ella es Carolina Estévez y él es el señor Ricardo Duarte...

—Hola, campeón —saludó Ricardo con ternura.

Carolina se estremeció de pies a cabeza al ver al niño de Alejandrina; el mismo hijo que había dado en adopción tiempo atrás, fruto de su amor con Ricardo. Miró al pequeño y luego a Ricardo —el verdadero padre, que ignoraba por completo la verdad—, y de repente se desvaneció en plena vía pública.

Desesperado, Ricardo corrió a auxiliarla y pidió ayuda, recostándola en una silla cercana de la piscina para tratar de reanimarla. El niño los miraba extrañado, sin sospechar que aquellas dos personas frente a él eran sus verdaderos padres.

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Por su parte, al llegar a su vecindario, Karina se encontró con Astrid:

—¡Astrid! ¡Cómo has estado!

—¡Karina! Te cuento que hablé con mi amiga y me dice que quiere hacerte unas pruebas frente a uno de los mejores productores artísticos...

—Gracias, Astrid, gracias por hacer realidad este sueño.

—De nada, Karina, para eso están las amigas —respondió ella con ternura.

En ese momento apareció don Fermín, el padre de Karina:

—¡Qué está haciendo esta mujer aquí! —exclamó furioso—. ¡Ella no es bienvenida en esta casa!

—¡Papá! —protestó Karina—. ¿Por qué es tan descortés? ¡Astrid es una buena amiga!

—¡Nada de eso, Karina! ¡Usted no tiene nada que ver con esta mujer y le prohíbo que se hable con ella!

—Por favor, Fermin, no seas así... —terció Astrid—. Yo no tengo la culpa.

—¡No se haga la víctima conmigo, Astrid! ¿O quiere que le diga de una vez la verdad a Karina sobre quién es usted en realidad?

—¿Verdad? —preguntó Karina desconcertada—. ¿De qué verdad están hablando?

—No es importante, Karina... —intentó calmarla Astrid.

—¡Claro que es importante! —estalló don Fermín—. ¡Cómo no va a ser importante negar a su propia hija! ¡Karina, esta mujer... es tu madre!

Karina quedó totalmente paralizada por la revelación de su padre. 

«¡No puede ser! ¡Dime que eso no es verdad!».

 Astrid se lo confirmó con la mirada, y Karina, completamente indignada y abrumada, se apartó de ambos y corrió a refugiarse en los brazos de Mariangela y Marita, sus vecinas, que justo venían llegando a casa.

CONTINUARA...

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