CAPÍTULO 43: AMORES POR ACCIDENTE
Felipe llevó a Karina hasta la casa de su hermano Lucio para pasar la noche. Rebeca, la esposa de Lucio, estaba feliz y dichosa de recibir a la joven en su hogar.
—¡Por supuesto! —exclamó Rebeca—. ¡Karina puede pasar la noche aquí! ¡Puede dormir en la habitación de uno de nuestros hijos!
—Perfecto —dijo Felipe—. Gracias, cuñada. Bueno, yo me voy a dormir... —Se acercó a Karina y le susurró—: Ya sabes, Karina, no tienes nada que temer. Aquí estás a salvo.
—Gracias, Felipe, por todo lo que has hecho por mí —respondió ella.
—De nada —contestó él con fascinación, intentando acariciarle la mejilla. Sin embargo, sintiéndose incómoda, Karina apartó el rostro con disimulo.
Después, Karina se dirigió al dormitorio junto a Rebeca y ambas se disponieron a descansar. En medio de la tormenta, Karina empezaba a encontrar una nueva familia.
+++
Al día siguiente, Mariangela y su amiga Marita llegaron a trabajar luciendo algo preocupadas por los recientes acontecimientos en la vida de Karina.
—¡Pobre Karina! —se lamentó Mariangela—. ¡Está muy confundida!
—No te preocupes —dijo Marita—. Ya se le pasará. Bueno, pongámonos a trabajar, que el jefe puede ponerse furioso.
—Tienes razón —concedió Mariangela.
En ese momento se acercó Facundo para hablar con ella.
—Mariangela, necesito hablar contigo un momento...
—¿Qué se le ofrece, don Facundo? —preguntó ella.
—Es referente a la señora Celmira González. Todavía no hemos podido llegar a un acuerdo sobre su liquidación; ella alega que ha trabajado muchos años en la empresa, pero la verdad es que nosotros no disponemos de esa suma en este momento.
—¿Y qué puedo hacer yo al respecto? —preguntó extrañada.
—Eres la nueva gerenta de ventas, y Celmira es parte de tu personal.
—¡Esa señora me tiene desconcertada! —intervino Marita—. ¡No entiendo por qué no presenta su renuncia y nos deja en paz!
—Yo hablaré con ella —tranquilizó Mariangela—. Quédense tranquilos.
Mariangela buscó a Celmira y la condujo a su oficina para conversar a solas.
—Siéntese, Celmira —le indicó—. ¿Se le ofrece algo de tomar? ¿Un tintico?
—Vamos al grano, Mariangela García. ¿De qué quiere hablar conmigo?
—Se trata de su liquidación.
—Mire, si la cantidad no le gusta, ese ya no es mi problema. Quiero que sepa que yo me he desgastado trabajando toda mi vida aquí y exijo que se me recompense como corresponde. ¡Además, no pienso irme así como así de esta empresa para entregarle mi esfuerzo a una simple oportunista como usted! ¡Aún no entiendo cómo logró engatusar al jefe con sus planes!
—En primer lugar, señora Celmira, no soy ninguna oportunista; y en segundo, nadie quiere echarla a la calle. Queremos darle un reconocimiento económico que esté acorde con nuestro presupuesto. Piénselo bien: como anterior gerenta de ventas, su responsabilidad era brindarme asesoría y entrenamiento, pero desafortunadamente se ha negado a hacerlo y solo entregó la lista de clientes por orden estricta del jefe.
—¡Porque no estoy de acuerdo con su nombramiento! Usted no tiene la menor idea de cómo se manejan las ventas en este país.
—Para su información, las ventas funcionan igual aquí que en cualquier parte. Algunas dinámicas cambian, pero el objetivo es el mismo: planear estrategias comerciales, algo que he hecho durante toda mi vida.
—¡Pero usted no conoce las necesidades reales de esta empresa!
—Para eso está usted, para asesorarme. A decir verdad, ya no sé qué hacer con usted, Celmira. ¿Acaso lo único que quiere es que me vaya de la empresa?
—Todo marchaba mejor antes de que usted apareciera por aquí.
—Pues parece que no está bien informada. Según tengo entendido, esta empresa estaba al borde de la quiebra porque las ventas caían en picada. ¿Le muestro las cifras actuales? Desde mi llegada, las ventas se han disparado considerablemente. Así que dígame: ¿quién le resulta más útil a la empresa, usted o yo?
—¡Exijo que se me pague hasta el último centavo por todos mis años de servicio!
—Está bien. Le daremos lo que pide si eso la hace feliz. Hablaré con el jefe ahora mismo.
Mariangela marcó la extensión de Facundo y se apartó un momento para hablar con él.
—Facundo, creo que lo mejor será ceder y darle a esta señora lo que pide. No es sano que siga en la empresa bajo este ambiente.
—Pero, Mariangela, la cifra es muy alta y no tenemos ese dinero disponible.
—Mire, las ventas han subido tanto que calculo que en un par de meses podremos recuperar esa inversión. Además, la señora Celmira tiene razón en parte: ha entregado gran parte de su vida a esta empresa y merece un reconocimiento justo.
—Está bien, Mariangela, tú ganas. Haremos lo que dices.
—Gracias, Facundo.
Facundo se acercó a Celmira para comunicarle que aceptaban sus condiciones. Con el trato formalizado, ambas partes respiraron aliviadas y le agradecieron a Mariangela. Al despedirse, Facundo volvió a mirar a Mariangela con una profunda fascinación en los ojos, y ella le respondió con una sonrisa.
En ese instante apareció Carolina Estévez, alterada y corriendo despavorida.
—¡Facundo, mi amor! —exclamó—. ¡Necesito hablar urgente contigo... a solas!
Facundo la acompañó a su oficina y cerró la puerta.
—Facundo, necesito los servicios de tu mejor abogado.
—¿Para qué lo necesitas?
—Quiero recuperar a mi hijo.
—¿Tu hijo?
—Apareció... después de siete años. Pero ahora quiero tenerlo conmigo a toda costa, y necesito que me ayudes.
—Bueno, puedo darte el contacto de un excelente abogado especialista en estos casos.
—Gracias, Facundo, siempre tan amable... —Carolina intentó darle un beso en la boca, pero él giró el rostro en el último segundo, ofreciéndole únicamente la mejilla y dejándola perpleja—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué ya no respondes a mis besos?
—Disculpa, Carolina, pero tengo muchísimo trabajo pendiente. Lo siento, con permiso.
Facundo salió de la oficina dejándola sola.
+++
Llegó la hora del almuerzo. Lucio llegó con la comida para los operarios de la fábrica y el personal administrativo, acompañado por Karina, quien ayudaba a repartir. En eso se acercó Gisela.
—¡Hola, paisana! —saludó Lucio efusivamente, mientras Karina evitaba mirarla—. ¡Mira lo que te traje! ¡Unos deliciosos anticuchos de corazón con su salsita tradicional traídos directamente desde el Perú! ¡Especiales para ti!
—Ay, Lucio, muchas gracias por el favor. Te lo agradezco de corazón —respondió Gisela, ignorando por completo a Karina.
—Oiga, Gisela —intervino Karina con firmeza—. Salude, por favor. Ser la hija del jefe no le da derecho a despreciar así a los empleados.
Gisela saludó a regañadientes y con total indiferencia. En ese momento aparecieron Mariangela y Marita, quienes se alegraron al ver a Karina.
—¡Karina! —exclamaron contentas—. ¡Qué milagro tenerte por aquí!
—Hola —saludó ella—. Vine a ayudarle a Lucio. Además, yo sigo trabajando para la empresa, ¿no?
—Bueno —aclaró Mariangela—, tú trabajas afuera en las calles visitando las librerías como mercaderista.
—Quiero pedirles perdón por mi actitud de ayer —se disculpó Karina bajando la mirada—. Lo siento mucho.
—No te preocupes, Karina —le sonrió Mariangela—. Comprendemos perfectamente tu reacción. Tranquila.
—Entonces... —intervino Lucio—, ¿qué van a servirse hoy?
Mariangela y Marita pidieron el menú del día: sopa de plátano y arroz con pollo. Invitaron a Karina a sentarse con ellas, y las tres compartieron risas y charlas como si nada hubiera pasado.
+++
Esa misma tarde, Karina regresó a su casa y se reconcilió con su padre; todo se había solucionado favorablemente tras una larga y sincera charla matutina con Rebeca, la esposa de Lucio, con quien había forjado una gran amistad.
Así transcurrieron los días y los meses.
Christian y Gisela continuaban juntos, aunque se veían muy poco debido a las exigencias de los entrenamientos. Finalmente, Christian debutó como futbolista profesional a estadio lleno cuando su equipo, Millonarios, se enfrentó al América de Cali. Emocionado hasta las lágrimas, anotó el gol de la victoria; sin embargo, en su mente y en su corazón, seguía pensando en Karina.
Por su parte, obsesionada con arrebatarle el pequeño Juanito a Alejandrina, Carolina Estévez recurrió a la ayuda de Ricardo y al abogado que le recomendó Facundo, pareciendo inclinar la balanza a su favor en los tribunales. No obstante, en su afán, descuidó por completo su relación con Facundo, quien cada día se sentía más atraído por Mariangela.
Karina, por su lado, continuó consolidándose en su labor como mercaderista, dominando a la perfección los productos de la empresa. Todos los fines de semana se reunía con Rebeca, Lucio y Felipe en las veladas organizadas en el restaurante, sin sospechar que su vida estaba a punto de enredarse peligrosamente tras animarse a cantar La Flor de la Canela en medio de una de aquellas reuniones.
—¡Estuviste maravillosa, Karina! —la felicitó Rebeca al bajar del escenario—. Cantas precioso.
—Muchas gracias, Rebeca.
—A propósito... ¿has visto a Lucio por ahí? No lo encuentro por ningún lado.
—No lo sé. Si lo veo, le aviso.
—Gracias, voy a ver si los invitados necesitan algo. Con permiso.
Mientras caminaba por los pasillos del establecimiento, Karina se tropezó con una escena que la dejó completamente petrificada: Lucio, el esposo de su entrañable amiga Rebeca, se estaba besando apasionadamente con otra mujer. Se trataba de Beatriz, su examante, quien había acudido al lugar invitada por la propia Rebeca, ignorando por completo el vínculo que las unía. Al reencontrarse, Beatriz le había exigido explicaciones a Lucio, y él había reaccionado besándola para calmarla.
—¡Lucio! —exclamó Karina horrorizada.
El hombre se sobresaltó, pálido y temblando de miedo.
—Karina... ¿qué haces aquí?
—¡Se puede saber qué diablos está pasando!
—No es lo que piensas, Karinita, te lo ruego, discúlpame...
Lucio le suplicó a Beatriz que se retirara un momento. Una vez a solas con Karina, esta lo encaró:
—Ahora dime, ¿cómo te atreves a besar a la amiga de tu esposa?
—No sé cómo explicarlo, Karina... Beatriz y yo fuimos amantes en el pasado, pero te juro que no sabía que ella conocía a Rebeca.
—¡A Rebeca le destrozará el corazón si se entera de esto! ¡Y a esa muchacha también!
—Lo sé, tengo pánico de perder a ambas.
—Pues vas a perderlas.
—Por favor, Karinita, te lo suplico, no le digas nada a Rebeca. Sé que se pondrá muy mal.
—¡Pero tiene el derecho de saberlo!
—No ahora, por favor. Yo buscaré el momento adecuado para confesarle todo, te lo juro, pero guárdate esto.
—Está bien... no diré nada por ahora. Pero tienes que hablar con ella.
—Gracias, Karinita —murmuró Lucio mirándola con una intensidad impropia—. ¡Eres maravillosa!
Karina sintió que un escalofrío le recorría la espalda y comenzó a ponerse nerviosa. Comprendió, con angustia, que estaba empezando a jugar con fuego.
CONTINUARÁ...

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