CAPÍTULO 44: AMORES POR ACCIDENTE
Karina no podía salir de su estupor al encontrar a Lucio besándose con otra mujer. En ese momento apareció Rebeca, la esposa de Lucio, y Karina la miró nerviosa, incapaz de revelarle lo que acababa de presenciar.
—¡Karina! —dijo Rebeca—. ¿Dónde has estado? ¡Te he estado buscando por todas partes!
—Fui un rato al baño.
—¡Vamos! ¡Únete a la fiesta, que está buenísima! A propósito, ¿has visto a mi maridito?
Karina comenzó a tiritar de miedo.
—Él... ejem... debe andar por aquí cerca... ejem... la verdad no lo he visto.
—¡Ahí está! —señaló Rebeca, acercándose de inmediato a su esposo—. ¡Amorcito! ¡Qué haces solito por aquí!
—Hola, amorcito —respondió él, dándole un beso en la boca como si nada hubiera pasado.
La rabia estalló en el pecho de Karina al ver semejante hipocresía tras haberlo descubierto con otra. Justo en ese instante se apareció Beatriz, la amiga de Rebeca que resultó ser la amante de Lucio, actuando con total desparpajo.
—¿Y tu novio, Beatriz? —preguntó Rebeca con inocencia—. ¿Por qué no vino?
—Estaba muy ocupado en el trabajo —respondió Beatriz con frescura, mirando de reojo a Lucio—. ¡Pobrecito! ¡Se la pasa trabajando todo el día!
—Me has hablado tanto de él —continuó Rebeca— que ya tengo unas ganas inmensas de conocerlo.
—Te va a encantar —agregó Beatriz, volviendo a mirar de reojo a Lucio, sin que Rebeca sospechara jamás que hablaban del mismo hombre.
Incapaz de soportar tanta falsedad, Karina decidió apartarse.
—Con permiso, voy a buscar a Felipe —dijo, dirigiéndose hacia donde él estaba. Rebeca la siguió por un momento, dejando nuevamente solos a Beatriz y a Lucio.
—No sé cómo pudiste, Lucio —le reclamó Beatriz—. ¿Cómo fuiste capaz de engañarme diciendo que eras soltero? Pero tu jueguito se acabó, porque la muchacha le va a decir todo a tu esposa.
—¿Qué muchacha? ¿Karina? Lo dudo mucho; le pedí que guardara silencio.
—¡Ay, Lucio! Si no fuera porque me gustas tanto, te juro que te dejaría solo ahora mismo. Pero lo que siento por ti es mucho más fuerte de lo que pensaba.
—Discúlpame por haber herido tus sentimientos...
—Eres un vil patán y no sé cómo pude confiar en ti. En fin, ni intentes buscarme. Chao.
—Adiós, Beatriz. Te acompaño.
—No, gracias, puedo ir sola. Despídeme de tu esposa... y de tus hijos.
Beatriz se retiró. En ese momento, Felipe se acercó a hablar con Lucio.
—Hermano, ¿te sucede algo? Te noto turbado.
—El mundo se me viene encima, Felipe —respondió él—. Beatriz y Rebeca ya se conocen.
—¿Quién es Beatriz? ¿La morena despampanante que estuvo por aquí? ¿La amiga de Rebeca?
—La misma. No te dije nada antes, pero ella y yo tuvimos un romance a escondidas.
—Pero... ¡cómo pudiste engañar a tu mujer de esa manera! ¡Eres un vil patán!
—Me lo merezco.
—¡Esto es inaudito! ¡De cualquiera me lo esperaba, menos de mi propio hermano! Pero dime, ¿cómo pasó?
—Sucedió una noche. Fui a divertirme solo a una discoteca —sabes que a Rebeca no le gustan esas cosas— y allí la conocí. ¡La pasamos divino esa noche y en las que siguieron!
—¡Cállate! ¡No me hables más! ¡Eres un tipo de lo peor!
Felipe se retiró con gesto amargo, pero su expresión se iluminó de inmediato al ver a Karina.
—Karina, ¿qué haces por aquí sola?
—¿Sucede algo con tu hermano, Felipe?
—Nada importante. ¿Bailamos esta pieza?
—¡Encantada! —exclamó ella con una sonrisa—. ¡Me fascina esta canción!
Felipe la invitó a bailar un vallenato romántico interpretado por Los Inquietos. Danzaban muy juntos y apretados, aunque Karina aún guardaba en su mente los recuerdos de Christian. En medio de la canción intervino Caty:
—Ejem... ¿Puedo hablar con ustedes?
—¡Caty! —exclamó Karina con alegría, abrazándola—. ¡Cómo has estado, amiga mía!
—¡No podría estar mejor! —respondió Caty, mirando de reojo a Felipe, quien se puso tenso—. ¿Me concedes esta pieza, Felipe?
—No lo creo —respondió él en tono cortante.
—¡Por supuesto que sí! —terció Karina sonriente.
Caty comenzó a bailar con Felipe; lo miraba de manera coqueta y le hacía discretas caricias.
—¿Te pasa algo, Felipito? Te noto muy tieso. Vamos, muévete al ritmo de la música...
—¿Cuál es tu juego, Caty? —preguntó él con seriedad.
—Ninguno, solo creo que deberías estar conmigo. Esa Karina no te conviene.
—Karina es una gran chica y me quiere.
—¿Estás seguro? Porque ella no ha logrado olvidar a Christian. En cambio, mi corazón está libre solo para ti.
—¡Lucharé por Karina y será mía!
—Estás luchando por un imposible. Karina jamás se enamorará de ti.
—¡No! ¡Eso no es verdad!
Caty intentó acariciarlo, pero Felipe, harto, se apartó enojado y regresó con Karina, a quien abrazó para besarla en los labios.
—Veo que Caty ya te echó el ojo, Felipe —comentó ella con picardía.
—Es una mujer peligrosa —advirtió él—. Deberías tener cuidado.
—Es una buena amiga; un poco alocada, pero buena.
—No me lo parece. En fin, la única mujer que me importa eres tú, Karina...
—Felipe, sabes perfectamente que mi corazón le pertenece a otro...
—Yo haré que olvides a Christian.
Felipe volvió a acercar sus labios a los de ella para besarla, pero en ese instante Caty, consumida por los celos, se abalanzó contra la pareja fingiendo un tropiezo para obligarlos a separarse.
—¡Uy! —exclamó Caty—. Disculpen, ¡creo que tropecé!
Felipe le hizo una mala cara y se alejó de nuevo para seguir bailando con Karina.
Mientras tanto, Lucio salió a la calle para alcanzar a Beatriz.
—¡Beatriz, por favor, escúchame!
—¡No hay nada que hablar, Lucio! ¡Eres un mentiroso!
Lucio la sujetó con firmeza por la ropa para impedir que avanzara.
—¡Te necesito, Beatriz! ¡No puedo vivir sin ti!
—¡Suéltame o llamo a la policía! ¡Auxilio!
Al verla alterada, Lucio la soltó al instante.
—No me hagas esto, te quiero de verdad...
—Tu esposa te necesita más. Vuelve con ella.
—No. Le pediré el divorcio.
—¿Harías eso por mí?
—Claro que sí. Esto y mucho más. No quiero perderte, eres lo mejor que me ha pasado.
—Oh, Lucio... perdóname.
Ambos juntaron sus labios en un apasionado beso. Pero en ese preciso momento apareció Rebeca, descubriéndolos en plena escena romántica.
—¡No lo puedo creer! —gritó Rebeca—. ¡Mi propio esposo engañándome!
—Rebeca —intentó justificarse él—, Beatriz y yo nos conocemos desde hace tiempo...
—Así es, Rebeca —agregó Beatriz—. Lucio es el muchacho del que te hablaba... mi novio.
Para Rebeca, aquello fue como recibir una estocada directa al corazón.
—¡Cómo han podido hacerme algo así! ¡Son unos desgraciados!
—Yo no sabía nada, te lo juro —lloriqueó Beatriz—. Desconocía por completo que tu esposo y mi novio eran la misma persona.
—¡Han jugado con mis sentimientos de la peor manera! —exclamó Rebeca con furia e indignación—. ¡Largo de aquí!
—Lo siento, Rebeca... —balbuceó Lucio con la cabeza gacha.
¡PUPPUUAAFFFF! Con todas sus fuerzas, Rebeca le propinó una tremenda bofetada que le dejó la cara marcada.
—¡Y óyeme bien! —sentenció ella—. ¡No vuelves a poner un pie ni en mi casa ni en el restaurante! Llévate a tu fichita y desaparece. ¡Adiós!
Rebeca dio media vuelta, con el alma destrozada pero con la frente en alto, ingresó al establecimiento y buscó refugio junto a Karina y los demás. A Lucio no le quedó otra opción que marcharse cabizbajo junto a Beatriz.
Dentro del local, Karina consoló a Rebeca mientras esta le desahogaba su dolor.
—¡Se burlaban de mí en mis propias narices! —se lamentaba Rebeca—. ¡Pero ese infeliz no volverá a pisar este lugar! ¡Quiero el divorcio inmediato!
—Tranquila, Rebeca —intervino Felipe con pesar—. Aunque sea mi medio hermano, lo que hizo no tiene perdón. No vale la pena seguir derramando lágrimas por alguien así.
—Tienes razón, Felipe —respondió ella secándose las lágrimas—. ¡Qué hombre tan diferente eres tú! ¡Pude haberme enamorado de ti en otra circunstancia!
—En el amor no se manda, Rebeca —replicó él con una sonrisa comprensiva.
Más tarde, Felipe y Rebeca acompañaron a Karina hasta su casa, y ella les agradeció la hospitalidad de la velada. De regreso en el taxi, Felipe conversaba con su cuñada:
—Es una gran chica, Karina. Te lo aseguro.
—Mejor muchacha no pudiste haber elegido —concedió Rebeca—. Lo malo es que aún no olvida a Christian.
—¡Pobrecita! ¡Ponte en su lugar! Ha sufrido una decepción muy fuerte.
—Pero te juro que haré lo imposible para que me ame.
—¿Tanto la quieres?
—¡Con toda el alma!
—¡Qué buen muchacho eres, Felipe! A veces me sorprende que seas hermano de ese infeliz.
—No olvides que somos medios hermanos y nos conocimos de grandes.
—En fin, no hablemos más de ese sujeto que tanto daño me ha causado. Vámonos a descansar.
+++
Al día siguiente, Lucio tuvo la osadía de presentarse en el restaurante.
—¿Qué haces aquí? —le reclamó Rebeca de inmediato—. ¡Te prohibí pisar este lugar!
—Vine a preparar el almuerzo para llevarlo a la fábrica de don Facundo...
—Yo misma me encargaré de eso. Vete con tu querida Beatriz y no vuelvas a aparecer por mi vista.
Rebeca preparó los almuerzos por su cuenta y se dirigió en taxi hasta la fábrica de Facundo para entregarlos a los empleados.
—¡Rebeca! —exclamó Caty al verla llegar—. ¿Pasó algo con Lucio?
—Ejem... —mintió Rebeca con naturalidad—. El pobrecito amaneció indispuesto y no pudo venir, así que me pidió el favor de encargarme de todo. Espero que les guste la comida.
Rebeca sirvió las porciones a Caty y a los demás operarios, quienes comenzaron a disfrutar de los platillos.
—¡Qué delicia! —exclamó Caty—. No es por presumir, ¡pero cocinas mucho mejor que tu marido!
—Gracias, Caty. ¿Quieres repetir?
El éxito rotundo de aquel almuerzo superó con creces el trabajo al que estaban acostumbrados, por lo que los empleados acordaron que fuera Rebeca, y no Lucio, la encargada oficial de llevar los alimentos en adelante. La vida empezaba a sonreírle de nuevo a Rebeca, mientras que para Lucio y Beatriz los problemas apenas comenzaban.
CONTINUARÁ...

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